Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Sin querer queriendo

Por dicha los sueños sueños son, mientras la tecnología no les meta mano.

— Amílcar Álvarez
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El tiempo se va sin  avisar y como si nada, falta poco para que Jimmy abandone el guacamolón en el plazo establecido si el destino no dispone otra cosa. Cuentan porai que cuando está con sus farolazos entre pecho y espalda dice que era más feliz vendiendo plátanos y huevos de iguana cosidos en la Terminal, que en un cargo para el que no nació. A estas alturas ya se arrepintió y no quiere que lo quieran sino que lo dejen tranquilo como Camilo y entre más pronto entregue la pacaya o le hagan el favor de quitársela mejor, por el miedo de parar trastornado y de asomarse al balcón presidencial donde siempre le mientan la mother sin dar motivos suficientes para un atropello de ese tamaño, de moda en un país en el que nadie está de acuerdo con nada y todos están contra todos, sin imaginar los que piensan tirarse al agua el año que viene lo que les espera, después de que el general Otte compartiera los secretos del poder con la Baldetti alborotada en su trono de ilusiones por las mojarras invisibles de Amatitlán, dejando en trozos a la patria y a punto de naufragar, clavándose lo que pudieron sin autoridad que valga y que sin pensarlo dos veces por dignidad, se deberían meter una candela de dinamita en el culo y volar en mil pedazos, desapareciendo de este mundo dándole gusto a la gente fatigada de ver tanto pícaro sin castigo. Ya no es como antes dicen que dice el presidente, ahora cualquier hijo de suripanta no respeta nada ni a nadie y lo peor es no poder agarrarlo a morongazos como decía el difunto alcalde en sus discursos encendidos a los vendedores de El Amate, porque brinca el Procurador. La primera vez que le ofrecieron la guayaba se hizo el difícil pensando que no tenía necesidad, que hablando babosadas le iba bien sin entrar a la dimensión desconocida de la política que quema al muñeco más pintado que se meta en camisa de once mil varas cuadradas, pero lo convencieron diciéndole que la victoria era pan comido, que el pópulo no quería votar por la vieja política, ganándole a una doña que se la pasa diciendo espejito, espejito sin hacerle caso por andar estirándose el pescuezo a cada rato. Por dicha los sueños sueños son, mientras la tecnología no les meta mano.

Jimmy sintió la vida le cambió por completo al sacarse la lotería sin comprar número, ganando la presidencia. En el nuevo oficio aprendió a decir sí pero no cuando, igual que sus predecesores y las mujeres en tiempo de merecer. Parecía fácil pero la cosa se complicó y sin decir agua va le contaron las costillas, surgiendo de la nada claveles de todos los tamaños, sabores y colores. Los nuevos amigos lo embrocaron cerrando la puerta a la razón poniéndose del lado oscuro de la historia, sin pensar que en este puñetero mundo es mejor decir no a tiempo que andar cargando culpas ajenas y no basta ser honrado, hay que aparentarlo. A veces las mentiras de los políticos son mejores que la realidad y duran hasta que se termina el negocio dejando a los gobernantes hablando solos, envejeciendo en la penumbra del olvido recordando a las fieras especialistas en hacer trampas financiando campañas políticas, a cambio de recibir los mismos privilegios de hace cien años. Al final del mandato nadie los quiere ver ni oír y sin amigos no saben qué hacer, los que fueron y los cercanos colaboradores se hacen los locos y sin remedio, paran mirándose en el espejo del tiempo sin chucho que les ladre. En la soledad del bote la rabia y el rencor no paran de crecer, dándose cuenta que los tiburones de los negocios turbios con el poder de turno siempre andan limpios de polvo y paja, listos para encandilar al próximo pendejo con plata que oro no es. Hasta las bellezas que se deshacen de amor en los despelotes que arman miran indiferentes a otro lado y si te vi no me acuerdo, diciendo que solo fingían y callaban los desenfrenos ocultos por pisto, como los políticos. La farsa empieza puntual cada cuatro años con una nitidez de película, en un paraíso portátil donde la virtud estorba y seguirá estorbando, hasta que se reviente la pita por lo más delgado y suceda lo que tiene que suceder.

 

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