Lunes 10 DE Diciembre DE 2018
Opinión

¿Por qué se marchan los niños de mi país?

— Irmalicia Velásquez Nimatuj
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Se marchan porque desean romper con la maldición que les arrebata, al nomás nacer, todos sus sueños.

Las niñas y los niños de mi país, desde que se intensificó el conflicto armado en los inicios de la década de 1980 empezaron a marcharse, iban salpicados de la sangre de sus seres masacrados por la hordas deshumanizadas del ejército. Salieron como pudieron: descalzos, sin ropa y sin identidad. Se fueron con el trauma de no saber ¿qué pasó con sus hermanos, padres y comunidades?

Con la firma de la paz en 1996, como fue una firma de papel, que benefició al capital oligarca y al trasnacional, los niños de mi país continuaron migrando, porque en el campo empezaron a vivir la presión de las empresas extractivas que llegaron para destruir sus montañas, para penetrar en las entrañas de la tierra que les provee comida, para tomar sus ríos y generar energía eléctrica para venderla a empresas pero no para sus comunidades. Mientras en las ciudades los niños arrinconados en limonadas quedaron a expensas de escoger entre la educación para pobres con la que solo pueden obtener un trabajo de sobrevivencia o incorporarse a las maras en donde logran una familia y un ingreso que jamás conseguirían fuera de ellas.

Los niños de mi país siguieron migrando ante los desastres naturales que durante el Siglo XXI han arrasado sus medios de vida y comunidades. Ellos no conocen, no saben qué hace, ni se imaginan cómo es la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres. Tampoco han conocido al Estado. Lo que sí saben es que en brazos de sus madres se han cansado de ir y esperar por horas sus vacunas, cuando tienen suerte logran algunas. Saben que no tienen educación digna, por eso, trabajar siendo pequeños no es una opción sino una necesidad para contribuir a la paupérrima economía familiar.

Por eso, salen a diario por cualquier frontera que les permita escapar, respirar y dejar las miserias en las que han nacido, en las que sus padres y abuelos viven, quienes a pesar de trabajar en fincas o talleres, en ciudades o comunidades no han podido romper el círculo de pobreza. Se marchan porque desean romper con la maldición que les arrebata, al nomás nacer, todos sus sueños.

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