Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
Opinión

La indignación ciudadana con este gobierno

— Jorge Mario Rodríguez
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Siendo realistas, no se puede esperar que este gobierno tenga el suficiente decoro para reconocer su incompetencia.

Al sentido común de nuestra sociedad se le hace inconcebible la inaudita incapacidad del actual gobierno para responder a los graves problemas que enfrenta el país. Hastiados de tanta desvergüenza –el colmo fue la negativa de defender los derechos de nuestra niñez migrante enjaulada por el gobierno norteamericano–, el pueblo guatemalteco se pregunta por qué no ha podido expulsar a una clase política que cae cada día más bajo.

La frondosidad de la desvergüenza política y nuestra actual incapacidad para erradicarla tienen explicación y, por lo mismo, esta ofrece al menos criterios para enmarcar algunas de las acciones que deben abordarse inmediatamente. Ahora bien, como sucede con los males más profundos que aquejan a nuestra sociedad, la raíz del problema se encuentra en las fuerzas que (des)configuran la vida social.

En este sentido, se debe reconocer que desde hace tiempo la mediocridad de nuestra sociedad ha aumentado. Este fenómeno se manifiesta en la poca capacidad de reflexión, en la nula capacidad de anticipar los problemas más graves y evidentes. Vivimos en una sociedad que no reflexiona, sino que “reacciona”. Aquejados por un espíritu inmediatista, se buscan respuestas fáciles. No en balde retorna un buen número de caras conocidas para las próximas elecciones, personas que evidentemente carecen de ideas de largo plazo para una crisis que ni siquiera entienden.

Es hora de prestar atención al filósofo holandés Rob Riemen cuando nota “que la fuerza dominante de nuestra sociedad es la estupidez organizada”. Siguiendo a este autor y al margen de lo que pueda significar el fascismo criollo, podemos coincidir que somos víctimas –y eventualmente promotores– de este flagelo que Riemen caracteriza como “el cultivo político de nuestros sentimientos irracionales: el resentimiento, el odio, la xenofobia, el deseo de poder y el miedo”. Todos estos rasgos se magnifican en la irracionalidad autoritaria de los reaccionarios que todavía dominan nuestra vida política.

El peso de la mentalidad reaccionaria y autoritaria se evidencia en que esta sociedad ha internalizado un desprecio hacia los derechos humanos, ignorando las consecuencias de desdeñar la dignidad humana. Persiste ese miedo a defender los propios derechos para “no meterse en problemas”. (Hace unos días, por ejemplo, pude notar la resignación de un familiar a quien le fue bloqueada su solicitud de empleo en Bantrab por haber planteado hace años un juicio laboral contra una empresa nacional). Ese desprecio por los derechos humanos ayuda a explicar el vergonzoso silencio frente a los abusos de los poderosos.

Nuestra sociedad debe comprender que el respeto de la dignidad, la del otro y la propia, no puede limitarse a un sentimiento de indignación, sino que es una actividad constante que debe llegar a la resistencia y protesta incansable. Por lo mismo, la principal tarea, también la más inmediata, es organizar la indignación en movimientos sociales que, de manera unificada, marquen el alto al proceso de degeneración que engulle a la sociedad guatemalteca. Anteponer protagonismos y actitudes autoritarias a las necesidades generales de nuestra sociedad, es también una tendencia regresiva de la que la ciudadanía crítica debe tomar conciencia.

Siendo realistas, no se puede esperar que este gobierno tenga el suficiente decoro para reconocer su incompetencia. En este momento, por lo tanto, el silencio es complicidad y es un deber ético exigir que este gobierno salga por la puerta de atrás de la historia.

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