Lunes 11 DE Noviembre DE 2019
Opinión

Degeneración del régimen de Ortega en Nicaragua

El gobierno depótico no confía en el ser humano|.

Fecha de publicación: 18-06-18
Por: MARIO FUENTES DESTARAC

Así como ha ocurrido con todos los regímenes despóticos a lo largo de la historia, el régimen dinástico de Daniel Ortega Saavedra y de su mujer, Rosario Murillo Zambrana, ha envejecido hasta llegar a la degeneración de la represión brutal y de la sistemática violación de los derechos humanos. La concentración de poder, el abuso de autoridad y la restricción del pluralismo y del libre juego de opiniones, que son característicos de una dictadura, han puesto en jaque mate al régimen Ortega-Murillo (al igual que el régimen de Anastasio Somoza en 1979), el cual perdió toda capacidad de autocrítica.

La capacidad de autocrítica es la aptitud que tiene una persona o una organización para hacer crítica de sí misma y de su propio accionar, lo que supone la posibilidad de examinar, juzgar, reflexionar, analizar, evaluar y replantear sus propios proyectos, esfuerzos y resultados. Sin duda, la aptitud crítica garantiza la renovación y el cambio de actitud.

A la democracia republicana le es inherente la capacidad de autocrítica y ésta, inequívocamente, le proporciona la fuerza vital para preservar y mantener la plena vigencia de sus principios y valores en el largo plazo.

La capacidad de autocrítica se sustenta en la libertad de expresión de ideas, el libre acceso a la información y el debate, que son el sustrato del cuestionamiento, de la crítica, de la contradicción y de la disensión, elementos esenciales para que la democracia republicana no pierda su dinamismo y posibilidad de rectificación.

Una democracia institucional podrá vivir inestabilidades por falta de respuestas prontas y adecuadas, desorientación y desviaciones coyunturales, ineficacia institucional o desajustes sociales, políticos y económicos; no obstante, la experiencia histórica nos dice que la democracia institucional no sucumbe en tanto en cuanto cuente con la reserva moral de la autocrítica, que le garantiza la regeneración, la oxigenación y la vitalidad.

Claro que la dificultad, la adversidad y la incertidumbre generan angustia, temor y desazón en una sociedad democrática. Sin embargo, el autogobierno democrático tiene la habilidad para promover la recuperación, atenuar el sufrimiento derivado de la catástrofe o el desastre, no repetir los errores y mejorar la gestión pública para el bien común.

Los regímenes despóticos, por el contrario, carecen de la retroalimentación que les provea la energía necesaria para renovarse o, en su caso, para reinventarse a sí mismos. Luego, los regímenes con vocación abusadora y opresora siempre envejecen e, inexorablemente, se derrumban sin trascender. Generalmente, sufren arteriosclerosis múltiple, se rezagan del futuro y sucumben ante el peso de su propia incapacidad para hacer frente a nuevas necesidades y desafíos.

Todos los regímenes despóticos caen en la tentación de autoproclamarse forjadores del destino de los pueblos y, por ende, usurpan el derecho de los ciudadanos a decidir por sí mismos, los someten a sus designios, coartan sus libertades y derechos fundamentales, así como pretenden, con arrogancia, relevarlos de la responsabilidad de su propia vida y volverlos clientes (dependientes) o meros engranajes de la maquinaria estatal. El gobierno autoritario o totalitario simplemente no confía en el ser humano y, por consiguiente, se esmera en tutelarlo, condicionarlo, silenciarlo y controlarlo, como ocurre en Venezuela, Nicaragua, Cuba y Corea del Norte.

En una genuina democracia republicana, por el contrario, se alienta el cuestionamiento, la reflexión, la opinión, la crítica, el diálogo, la investigación, el debate y la transparencia, en un marco de tolerancia, respeto, negociación, institucionalidad y sujeción a la ley, cualidades que son fuente inagotable de correcciones y nuevas ideas y proyectos. Esto garantiza y facilita una permanente catarsis, que es clave para la sostenibilidad democrática en el largo plazo. Renovarse es vivir, dice José Enrique Rodó, en tanto que Miguel de Unamuno afirma “el silencio es la peor mentira”.

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