Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
Opinión

¡Ay Nicaragua!

— editorial
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El paro nacional convocado el pasado jueves por la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia en Nicaragua dejó muy claro el verdadero sentir de la población respecto de la continuidad de Murillo y Ortega y del cese inmediato a la violencia y la represión. Como bien lo podemos atestiguar los guatemaltecos, realizar un paro nacional de la proporción del recién ocurrido en Nicaragua no es cosa fácil, ni desde la perspectiva de la logística necesaria para organizarlo ni desde la perspectiva de la unión entre todos los sectores necesaria para su éxito. El mensaje sonó claro y fuerte. De no entender Ortega lo que el pueblo le exige, el futuro no pinta nada bien para nuestro hermano país. Por una parte, de entender Ortega el mensaje y abandonar el poder, es muy difícil que en estos dorados tiempos Ortega encuentre algún colega que le abra las puertas de su país; es previsible que, incluso comparsas suyos como Maduro y Castro, muestren fuertes reservas de seguir asociados a tan macabro personaje. Por el otro lado, dejar el poder y permanecer en Nicaragua es equivalente a juicio y cárcel para él, su familia y el resto de la gavilla; situación a la que se rehúsan con todos los medios a su alcance.

El problema esencial que afronta Nicaragua es que Ortega parece no tener otra opción que seguir aferrándose al poder, cueste lo que cueste. Una crisis que, lamentablemente, como bien dice un reciente editorial de un conocido medio de difusión revolucionario socialista, “no puede continuar por largo tiempo… el gobierno Ortega-Murillo ya utiliza métodos de guerra civil (francotiradores, asesinatos selectivos, masacre de marchistas, etcétera) para aplastar la rebelión popular. Los espacios para marchar y protestar pacíficamente o realizar asambleas populares, han sido cerrados a balazos por la Policía Nacional o las turbas de lumpenes pagados por el gobernante FSLN… Nicaragua vive un ambiente de inminente guerra civil”. Salvo que Ortega acepte la convocatoria a participar en un proceso de diálogo que conduzca a una transformación democrática profunda y a nuevas elecciones, de manera que esta apertura le permita pactar algún tipo de amnistía para sus secuaces cercanos, la suerte parece estar echada para nuestro hermano país.

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