Martes 13 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Degradación en cadena

Lo más lamentable es la deshumanización presente en los rostros caricaturescos y discursos del presidente Morales, del vicepresidente Cabrera y de otros funcionarios obligados a dar la cara.

— Renzo Lautaro Rosal
Más noticias que te pueden interesar

A tono de la mayor parte de acciones promovidas por el gobierno central, el manejo de la crisis suscitada por la reciente erupción del volcán de Fuego, ha sido oprobioso, vergonzoso en extremo. No solo se trata del profundo vacío institucional, la ausencia de autoridad, la extrema descoordinación o las ansias de protagonismo. Lo más lamentable es la deshumanización presente en los rostros caricaturescos y discursos del presidente Morales, del vicepresidente Cabrera y de otros funcionarios obligados a dar la cara. Su distanciamiento frente a lo ocurrido es lamentable y doloroso. Nos dice a la sociedad que nada les importa; que no hay tragedia que los conmueva y los obligue a salir de sus trincheras.

Por mucho que sabemos, anticipadamente, que estamos ante el gobierno “nada me importa”, igual se produce una nueva decepción, una reiterada ocasión para actuar que se tira por la borda.

La presencia masiva de voluntariado que saca las castañas del fuego, denota que el actor obligado está viendo hacia otro lado, o mejor dicho, empecinado en proteger sus espacios, sus negocios, sus permanentes resquicios para operar la agenda de intereses oscuros. Tal parece que las supuestas autoridades persisten en continuar sus orgías, mientras el país se mueve entre tragedias, acumulación de demandas y una profunda crisis político-institucional que no se detiene.

Queda claro que enfrentamos un profundo marasmo o grado profundo de agotamiento, donde saltan las preguntas quién manda, quién pone un poco de orden. Todo se resume en el rostro del desconsuelo de Concepción Hernández (q. e. p. d.), dramáticamente expuesta en la portada de un matutino.

Nos encontramos ante un presente y un futuro inhóspito. La degradación en cadena es marcada por eventos como la reciente erupción, el deslave en el Cambray II, el soterramiento en Panabaj (2005, Sololá) por la tormenta Stan o el huracán Mitch en 1998; pero potenciada por las fragilidades que esos desastres desnudan.

Nos queda asumir, al menos por el siguiente año y medio, la continuidad de las señales de inmovilidad. Ese es el pacto no escrito y asumido por quienes aún se aferran a defender eso llamado institucionalidad y que creen que cualquier cambio de timonel implicaría correr más riesgos. La mezcla tolerancia, cansancio y mecanismos adormecedores (maquinarias mesiánicas, creadoras de fe congelada), conforman un coctel peligroso; pero asiento para que los cursos del cambio no terminen de concretarse.

El escenario pinta favorablemente para que el estado de confusión continúe y tras él, se afirmen las lógicas del restablecimiento del “orden”. Este es el telón de fondo del proceso electoral que se desbocará después del Mundial de Fútbol. Sin duda, saldrán a relucir las opciones salvadoras, las que ofrecerán poner alto al desorden, las restablecedoras del equilibrio. Lo más seguro es que la mayoría (por no decir todas), no nos dirán cómo, ni con qué recursos. ¿Debemos asumir que estamos condenados a repetir el acto frustrado de las elecciones 2015?, ¿a creer que el próximo evento es la salida a todos nuestros males?

Etiquetas: