Domingo 24 DE Junio DE 2018
Opinión

Lo mejor y lo peor de nuestro momento

Lo mejor y lo peor de este momento: la solidaridad generosa de los hombres y mujeres libres y los atropellos tan injustos contra inocentes por medio de un Poder Judicial todavía más carcomido tras la cortina de humo con que los blinda la CICIG.

— Armando de la Torre
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Empiezo con lo peor por lo que ha entrañado de tanto horripilante sufrimiento humano: la erupción del volcán de Fuego.

Las tragedias personales derivadas de ese fenómeno telúrico aún no se han contabilizado del todo y dudo que alguna vez pueda lograrse. Lo más desalentador en todo ello: lo seres humanos calcinados vivos, para que los lloremos sin consuelo, en especial cuando nos referimos a tantos niños y adolescentes afectados.

Pero también ha asomado en esta tragedia algo de lo mejor de lo humano: la solidaridad tan generosa por parte del resto de la población laboriosa aunque en lo personal no afectada. Y así, la compasión cristiana de muchos se nos ha vuelto bálsamo ejemplar para todos. Para edificación propia y del resto de los pueblos que nos son testigos.

Y de esa manera lo peor, por otra parte, ha dado vía para lo mejor y doy entusiastas gracias a Dios por el corazón inspirado de este tan noble y tan malignado pueblo guatemalteco.

De nuevo de regreso a lo peor: esa terca corrupción que persiste en nuestra vida pública, ahora agravada exponencialmente por la corrupción adicional que nos ha sido del todo impuesta de la CICIG. Y que ha exacerbado tristemente, sin poder curarlas, nuestras debilidades consuetudinarias de carácter a las que ha añadido otras nuevas importadas desde el extranjero de acuerdo a cálculos perversos de algunos hijos descarriados de esta ubérrima tierra, a su cabeza en el inicio Edgar Gutiérrez y Eduardo Stein.

Y todo ello desde su comienzo, a lo que se han sumado recientemente un puñado de conocidos protagonistas del sector productivo del país de consciencias más que inquietas.

Por otra parte, retrotrayéndonos a aquella esperanzadora expresión de civismo que aquí se destapó en abril del 2015, una verdadera insurgencia del todo pacífica, todavía nos inspira.

Luces y sombras, que nos certifican de nuevo esa vieja verdad de que “el precio de toda libertad honorable ha de ser siempre una eterna vigilancia”.

Guatemala, diste un salto exponencial hacia lo mejor precisamente porque lo acometiste bañada en las lágrimas del engaño y de la traición de Pérez Molina, predecesores y secuaces.

Me atrevo a afirmar que hemos progresado en estos últimos tres años mucho más que en los tres decenios que los precedieron, a pesar de la CICIG.

Y todo ello hecho posible por esa revolución tecnológica simultánea e inesperada que lo son las redes sociales. Porque gracias a ellas han quedado rotos definitivamente los oligopolios acostumbrados en la radio, en la prensa escrita y en la televisión abierta, y así la voz del ciudadano común y corriente se ha dejado oír con más fuerza que nunca antes.

Salto imponente que conlleva implícito una mayor
libertad individual aunque nunca olvidemos que también a una acrecentada responsabilidad.

Lo bueno y lo malo, como siempre, íntimamente
entremezclados cual lo propio de la condición humana.

Este avance sorprendente que nos ha renovado el espíritu cívico, también influye en esa renacida lucha contra la corrupción que paradójicamente, por otra parte, nos la ha hecho más difícil ese adefesio maligno de la prepotente CICIG.

Renovemos, pues, nuestra determinación de rescatar nuestros principios éticos pero sin tutores que nos sean del todo ajenos. Pues ningún pueblo ha logrado jamás su grandeza sino a base de su sudor, de su sangre y de sus lágrimas propias, como lo atestiguara Winston Churchill en el momento más negro del suyo.

Las estratagemas dolosas de ese engendro único llamado “CICIG” se han concentrado en nuestro “sector justicia”, al que se supone habrían sido invitados a ayudar.

El resultado final ha sido lo contrario y catastrófico para la moral cívica de todos los que aquí habitamos. La injusticia se ha vuelto exponencialmente más extendida e impenetrable, es decir, más hiriente que nunca antes entre nosotros. Y el nivel de la ética profesional de las Cortes de Constitucionalidad, de la Suprema de Justicia y, hasta hace muy poco del Ministerio Público, se ha venido estrepitosamente más abajo.

Aunque no olvidemos que a su turno tan triste aporte podría ser retrotraído a otro que le precedió por unas décadas: la creciente erosión de la calidad de la carrera de los juristas en la Universidad de San Carlos a partir de la década de los setenta del siglo pasado. Pero es esto un punto que reservo para una fecha ulterior.

Provisionalmente recordemos que en la Universidad, como en cualquier otro ambiente académico, la putrefacción moral comienza y se extiende en la medida que minorías inescrupulosas copan los resortes de su poder retórico (o más bien demagógico) a su interior.

A otras organizaciones de todavía peor cariz tampoco los investiga la CICIG como, por ejemplo, el CUC, CODECA, FRENA, CALDEH, las fundaciones “Mirna Mack” o “Guillermo Toriello”, ni aun al partido de la UNE, que son precisamente los “grupos paralelos” para cuya investigación se pretextó la CICIG.

Y, pregunto de paso, en el entretanto ¿de dónde les han llegado sus bolsas siempre repletas de dólares, euros y coronas suecas?… Ya lo sabemos: desde muy lejos de las costas de Guatemala.

Lo mejor y lo peor de este momento: la solidaridad generosa de los hombres y mujeres libres y los atropellos tan injustos contra inocentes por medio de un Poder Judicial todavía más carcomido tras la cortina de humo con que los blinda la CICIG.

¿Despertaremos, pues?…

Noticia de última hora: el doctor Jesús Oliva, preso sin haber sido previamente vencido en juicio legal alguno ante juez competente, acaba de suicidarse en el centro de detención. Es el segundo médico que muere en prisión por idéntico caso penal promovido por la CICIG.

(Continuará…)