Martes 25 DE Septiembre DE 2018
Opinión

LA CANTINA Un país donde quepamos todos

Solo invirtiendo en la población más vulnerable tendremos un mejor país y en mejores condiciones para asegurar un mejor futuro para las siguientes generaciones.

— Quique Godoy
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De frente a lo que estamos viviendo hoy en Guatemala necesitamos un esfuerzo especial para construir la institucionalidad que permita sentar las bases para la construcción de un país desarrollado de una manera incluyente, sostenible, competitivo y resiliente. Este esfuerzo requiere comprender que, aunque los guatemaltecos tenemos un gran corazón y nos volcamos a ayudar en cualquier momento, no es sostenible construir nación basado en filantropía y caridad. Las necesidades son enormes y la escala requiere esfuerzo sostenido a nivel estatal.

No es casualidad que entre los doce pilares de competitividad que el Foro Económico Mundial plantea como bases para el desarrollo de los países está de número uno institucionalidad. El WEF (por sus siglas en inglés) plantea esta institucionalidad como autónoma de presiones políticas y económicas, que generen un Estado de derecho, seguridad física , transparencia y eficiencia en gobierno y ética y gobernanza corporativa.

Esta institucionalidad mínima es la necesaria que permite contar con un estado fuerte, funcional y eficiente para apoyar y conducir los procesos de transformación del país. Institucionalidad a partir de la cual se sientan las bases para poder trabajar en una estrategia de desarrollo sostenible e incluyente para los próximos 50 años o dos generaciones. Una vez tenemos las bases de esta institucionalidad transformada y fortalecida podemos enfocarnos en la construcción del capital físico (infraestructura) e inversión en capital humano (nutrición, salud y educación) de la población más vulnerable del país. Estos son los pilares dos y cuatro que plantea el WEF.

La estrategia de desarrollo de largo plazo tiene como complemento las dos transiciones que sucederán durante esos próximos 30-50 años. La urbanización de la población y el bono demográfico. Pasaremos de ser un país con 53 por ciento de población urbana y 21 años de edad promedio a uno con 75-80 por ciento urbanizado y 30 años de edad promedio. Ambas transiciones son un potencial motor de crecimiento sostenido por alrededor de 15-20 años, siempre y cuando preparemos esa institucionalidad, el capital humano y el capital físico necesario.

Esto implica preparar las ciudades a donde muy posiblemente migrarán millones de jóvenes buscando mejores oportunidades. Construir infraestructura urbana, servicios públicos, planes de uso de suelo, gestión de riesgo, infraestructura productiva y espacios públicos que permitan una buena calidad de vida en esos territorios. Generando así ciudades resilientes, competitivas, sostenibles e incluyentes. Debemos conectar las ciudades entre sí y con el mundo para poder comprar y vender bienes y servicios eficientemente. Debemos también articular esas ciudades con el territorio que las rodea para generar espacios de riqueza compartida entre la población urbana y rural.

Simultáneamente debemos invertir agresivamente en esos jóvenes, que nacen hoy en esas áreas rurales desatendidas y desconectadas, en nutrición, salud y educación para asegurarles mejores oportunidades en el futuro y atender de mejor forma sus necesidades básicas insatisfechas. Solo invirtiendo en la población más vulnerable tendremos un mejor país y en mejores condiciones para asegurar un mejor futuro para las siguientes generaciones.

Necesitamos crear esa institucionalidad antes descrita para crear las condiciones adecuadas para la construcción de un país donde quepamos todos.

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