Martes 25 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Enfoque: ¿A dónde vas Guatemala?

Sin ser pesimista –que no lo soy­–, es fácil ver que el país va a la deriva en lo político, social, económico y en el tema ambiental.

— Gonzalo Marroquín Godoy
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Cada vez que se produce un desastre natural como el que nos ha tocado vivir por la erupción del volcán de Fuego, pareciera que los guatemaltecos cobramos conciencia de las muchas falencias que hay en el país. Comprobamos lo mal que estamos en diversos aspectos y vemos que es como si viviéramos en un laberinto del que no se puede escapar.

Como suele ocurrir, estas tragedias dejan al desnudo cómo el Estado mantiene en total abandono a millones de personas que viven en niveles de pobreza o pobreza extrema, sin posibilidades de cambiar su nivel de vida, si no es buscando el mal llamado “sueño americano”, que les obliga a inmigrar hacia Estados Unidos o a algún otro país.

No importa si se trata de terremoto, deslaves, inundaciones o erupciones de volcanes, la peor parte se la llevan los más pobres, aquellos que viven en condiciones precarias, bajo construcciones endebles y vulnerables a cualquiera de estos desastres naturales mencionados. A mayor pobreza, mayor es el grado de peligro que enfrentan.

Si a eso se suma que el Estado ha hecho nada –o muy, muy poco– para prevenir las tragedias, el resultado es el que vemos cada cierto tiempo, con un alarmante número de vidas perdidas, vidas que en muchas ocasiones pudieron haberse salvado si las autoridades hubiesen tomado en serio la responsabilidad que tienen de velar por la vida de los habitantes.

Fallan las autoridades municipales, falla el gobierno central, fracasan las instituciones llamadas a prevenir. Escuchando algunos testimonios se podría decir que tampoco ayudan las personas en las zonas de riesgo, porque no actúan o reaccionan de manera incorrecta, pero en el fondo lo hacen porque no quieren perder lo poco que tienen. El Estado, en cambio, debió ­velar con anticipación­ para que no estuvieran expuestos al peligro viviendo en esos lugares, pero con soluciones integrales para ellos y sus familias.

Se trata de un problema muy complejo. Lamentablemente, para atenderlo, debiera haber autoridades responsables, algo que no ha sucedido en Guatemala. No han existido políticas definidas para prevenir ¡de verdad! estas tragedias. Seguramente se repetirán, pero lo deseable es que el número de víctimas sea el menor posible.

Es claro entonces el abandono de los pobres, y no se diga de los extremadamente pobres –entre ambos son más del 70 por ciento de la población–. Con estos hechos y este índice, es claro que el país tiene un rezago social gigantesco, un rezago que no se ha querido nunca atacar desde su raíz.

Y no se ha atacado, fundamentalmente, por otro problema gigantesco: el fracaso del sistema político. Hoy caben pocas dudas sobre la forma en que se ha corrompido el quehacer político en el país. Los funcionarios –la mayoría de ellos, al menos–, llegan a los cargos públicos para enriquecerse y no para servir. No es difícil comprender que si se la pasan pensando en cómo mantener el ‘statu quo’ y cómo enriquecerse, no les interesa atacar el grave problema social y combatir la pobreza.

El presidente Jimmy Morales se mantiene pataleando para impedir la lucha contra la corrupción, en vez de enfocarse en gobernar en beneficio de las grandes mayorías y dictar políticas públicas que permitan salir de esa dolorosa pobreza a las grandes mayorías. Si no se mejora en educación, en salud –preventiva y curativa, incluyendo mejor alimentación– e infraestructura, es difícil hablar de mejores oportunidades y crecimiento socioeconómico.

Con esas ataduras tan marcadas en lo social y lo político, no se puede esperar que la economía se dispare. Claro que hemos mantenido un ligero crecimiento económico, pero muy pocas veces alcanza los niveles que permiten mejorar a las grandes mayorías. Guatemala ha tenido la mayor economía de la región, pero ya las de Panamá y Costa Rica lucen más pujantes. Nosotros estamos estancados y la pobreza creciendo.

En materia ambiental tampoco estamos bien. No hay políticas públicas definidas. Hasta nos damos el lujo de tener a un ministro de Ambiente mediocre, marrullero y para colmo ambicioso. Ha creído que entre la mediocridad del gabinete, él podría brillar–Alfonso Alonzo– y sí, ha destacado, pero por sus abusos, corrupción e ineptitud.

¿A dónde va Guatemala? Difícil anticiparlo, pero por el momento, un importante grupo de diputados –los del Pacto de Corruptos II– pretende impedir que las cosas cambien en el país y que lleguemos a las elecciones del próximo año con el mismo caduco y corrupto sistema. Por eso digo que no es fácil anticipar lo que está por venir.

Si de algo estoy claro, es que el meollo del asunto está en cambiar a la “clase política”, pero es una tarea titánica, que no se si alguien –persona y grupo– logrará llevarla a cabo.

Las tragedias, como los malos gobiernos, las malas instituciones seguirán repitiéndose si no logramos salir de esa macabro laberinto que los politiqueros han construido con eficiencia… aunque no es invencible.

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