Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
Opinión

No hay otro camino que la moderación

No debemos perder nuestra posición ideológica, pero debemos ceder a una actitud moderada si pretendemos construir un país diferente.

— Estuardo Porras Zadik
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Para la gran mayoría somos herederos de nuestra ideología y, a mi criterio, esta se forja a partir de dónde nos tocó nacer. Una especie de lotería genética, social y económica define en qué lado del espectro ideológico nos sentimos cómodos. Son las experiencias de vida de nuestros antepasados las que heredamos generación tras generación, construyendo cadenas difíciles de romper. Estas experiencias son el ADN de nuestro actuar ante la sociedad, y sin la adopción de una actitud moderada seremos incapaces de romper paradigmas, tolerar la diversidad y ser empáticos con aquellos que viven fuera de nuestra realidad. Sin moderación, la única realidad será la nuestra, y seremos ajenos a la de aquellos con quienes compartimos el espacio físico, el pasado, el presente y la incertidumbre del futuro. Cada uno en su mundo, ajeno al de los demás. Si no somos capaces de moderarnos, construiremos ese futuro nuevamente sobre cimientos débiles que heredarán los problemas a las futuras generaciones. La coyuntura nos regala hoy una oportunidad de cambiar de rumbo, pero para ello debemos serle infieles a las posturas extremas, intolerantes y sin empatía.

La palabra moderado es capaz de sacar a relucir –aún más–, extremismos en aquellos de posturas extremas, para quienes moderado es sinónimo de tibio, indefinido, falso, débil, entre otros adjetivos. Para muchos radicales, la palabra moderación significa renunciar a sus ideales y rendirse ante la oposición. Dada nuestra historia, para ellos adoptar una actitud moderada es olvidarse de lo que nos ha traído hasta aquí. Lo irónico es que estas posturas radicales también han sido las responsables de muchísimos logros y avances –tanto económicos como sociales–, pero de igual manera han sido causantes de nuestro fracaso como conjunto.

Una muy buena amiga mía sufrió la muerte de su padre, perpetrada por la guerrilla durante el conflicto armado interno. Esa es su experiencia: la guerrilla mató a su padre. Años más tarde, después de la firma de los Acuerdos de Paz, tuvo la oportunidad de hablar sobre el tema con un excomandante insurgente. En el encuentro, ella le contó la historia, este le preguntó el nombre de su padre, y luego respondió: “No me suena”. Una respuesta que indigna; fría y sin empatía por la hija de la víctima. Sin embargo, eso bastó para que ella encontrara en su indignación la empatía por todos aquellos que perdieron a sus seres queridos durante esos años. Comprendió la importancia de la memoria histórica, de ponerse en los zapatos del prójimo, de entender que a cada uno le tocó vivir su propia historia, y esa historia lo convirtió en heredero de una ideología. Sin moderación seremos incapaces de encontrar las similitudes dentro de nuestras abismales diferencias. Sin renunciar a posturas intolerantes, poco empáticas y de defensa, seremos incapaces de entender lo que motiva a quien parece estar en contra nuestra.

Estoy convencido de que todos queremos un mejor país, pero también de que nuestras experiencias personales nos hacen tener un horizonte diferente. Nuestro reto como sociedad es encontrar la manera de llegar a la meta, construyendo en nuestro presente mientras validamos el pasado de cada uno. La moderación nos llevará a respetar a los muertos de cada ideología.

La moderación no implica que se olvide el pasado, que se renuncie a una postura ideológica, o que se cese en las batallas individuales o sectoriales. La moderación debe de ser sinónimo de respeto por el prójimo, estimulando el indispensable debate como único camino hacia la construcción de un mejor país. Una postura moderada será la que permitirá a los extremos sanar, consensuar y construir ese mejor país con el que todos soñamos. Recordemos que Guatemala, ¡es de todos!

 

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