Viernes 19 DE Julio DE 2019
Opinión

Claudia Patricia Gómez

Un crimen xenófobo que exige justicia.

Fecha de publicación: 28-05-18
Por: Édgar Gutiérrez

Era prácticamente una niña. Apenas en febrero pasado cumplió 19 años y a los 17 ya era Contadora. Su fotografía de orgullosa graduanda (Prensa Libre, 26/05/18 p. 9) muestra unos ojos vivaces e inteligentes y un carácter decidido. Se adivina pequeña de estatura, pero valiente, inconforme, rupturista, dispuesta a desafiar al mundo para salir adelante. Las oportunidades que le negó su país (y tristemente nuestra universidad pública, por una absurda y a veces arbitraria prueba de admisión) las buscó en otra parte.

La vida está en otra parte (“Zivot je jinde”, en checo) escribió en 1973 el novelista disidente Milán Kundera en su país, la entonces Checoslovaquia, asfixiada por el comunismo. Pero Claudia Patricia Gómez González, la niña mam de La Unión, San Juan Ostuncalco, Quetzaltenango, que buscaba la vida en otra parte, encontró la muerte. Injustamente.

La mataron de un tiro en la cabeza el pasado miércoles 23 al filo del mediodía en Laredo, Texas, a once kilómetros del Río Grande. La cazaron como a un animalito. (Su sangre riega ahora ese suelo, y “su manto azul quedó tendido”, sin recibir sus pálpitos.) Este es un crimen injusto y cobarde, que estremece las fibras más profundas de la indignación. Es un crimen alimentado por el odio del todopoderoso Trump. Es un crimen xenófobo que exige justicia.

Hace años leí una estadística escalofriante: de cada tres guatemaltecos que intentaban emigrar a los Estados Unidos, uno era deportado desde ese país; el segundo lograba el propósito de llegar y trabajar para darles soporte con remesas a sus familiares que quedaban en el país, y el tercero moría en el intento. Por lo regular expiraban en el abrasador desierto de Sonora. Claudia Patricia, la niña soñadora de Ostuncalco, no debe ser una estadística, sino un símbolo de coraje y amor por los suyos. Un símbolo que derrota el odio exterminador.

Será un símbolo también de vergüenza de los guatemaltecos, sobre todo de los más poderosos, incapaces por sí mismos de construir una comunidad nacional próspera sin exclusiones. En los Estados fracasados en el mundo hay un dato inequívoco: cuando sus jóvenes promesas -los llamados a ser líderes comunitarios y nacionales, directores de escuelas y hospitales, empresarios e intelectuales, artistas y deportistas de alto rendimiento, científicos y altos funcionarios- abandonan su país, este se precipita al abismo. En 2015 desaceleramos ese destino, pero con Jimmy Morales y su tropa loca hemos tomado aviada, otra vez.

Mientras el sábado 26 leía la aguda crónica de Henry Estuardo Pocasangre, en Prensa Libre, viajé al pasado reciente. Hace menos de dos meses estuve en San Juan Ostuncalco y visité varias de sus comunidades. (Quizá Claudia Patricia andaba por ahí urdiendo su plan de saltafronteras.) Mi guía me dijo al ingresar al municipio: “Esta es la intersección de dos mundos que condensan el fracaso del desarrollo de Guatemala”. Después de varios recorridos y entrevistas corroboré que estábamos frente a la decadencia del mundo rural y el fracaso de la urbanización, o sea, de las llamadas ciudades intermedias. La “arqui-remesa” era notable en el paisaje de los pueblos, pero adentro de las casas había desnutrición, y también frustración porque, por ejemplo, los precios de la papa, que ahí producen, estaban sujetos al capricho de los intermediarios y no había cuenta que saliera.

Ayer, justo antes de escribir esta nota, recibí de un buen amigo marquense el poema que escribió Benja Chaj, politólogo y también poeta, paisano de Claudia Patricia: “No llevabas drogas, no eras comunista/tampoco terrorista/te asesinaron tan solo/por buscar honradamente el pan”.