Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Las ventajas geopolíticas del tamaño

Algo que a todos nos conviene y del que todos somos responsables.

— Roberto Blum
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Nuestro siglo parece comenzar con reglas geopolíticas muy distintas de las que regían en los dos siglos anteriores. Si el diecinueve fue el siglo del nacionalismo liberal y el veinte el de los nacionalismos ideológicos y autoritarios, el veintiuno parece ser el de los mini-Estados y los estados-continente.

La Revolución Francesa de 1789 dio el banderazo de arranque para la creación de Estados nacionales de signo liberal. Todo el territorio de América se dividió en el siglo diecinueve para constituirse en 21 Estados independientes. También en el diecinueve, en Europa se integraron y consolidaron Estados nacionales, a partir de los restos del antiguo Imperio Romano Germánico y una multitud de mini-Estados y ciudades libres. Tales fueron los casos de Alemania e Italia. En Asia, el Japón del emperador Meiji se constituyó en un Estado nacional moderno.

En el primer tercio del siglo veinte, aparecieron nuevos Estados nacionales europeos, con la desintegración de los restantes imperios multinacionales: el ruso, el austrohúngaro y el otomano. La existencia de estos nuevos y débiles Estados nacionales fue muy pronto interrumpida por la aparición de agresivos Estados ultranacionalistas, de carácter ideológico y autoritario, que los destruyeron. La Alemania nazi, la Unión Soviética y la Italia fascista reorganizaron la geografía europea a su antojo. En Asia y el Pacífico sur oriental, el militarismo expansionista y autoritario japonés modificó la estructura geopolítica del orden regional y mundial.

Una vez derrotados, en 1945, el nazismo, el fascismo y el militarismo japonés, los Estados vencedores establecieron un nuevo orden mundial, liderado por los Estados Unidos y sus aliados europeos, Francia e Inglaterra, además de China y la Unión Soviética. Este nuevo orden mundial generó un largo periodo de estabilidad, paz, desarrollo y crecimiento económico, de los que el mundo rara vez había gozado. Las potencias coloniales dieron su independencia política a multitud de territorios y naciones, hasta entonces dependientes.

A partir de los años sesenta, catorce territorios americanos obtuvieron su respectiva independencia de las antiguas potencias coloniales. También en África y en Asia surgieron nuevos Estados soberanos e independientes. El número de ellos, en la Organización de las Naciones Unidas, pasó de 51 en 1945 a 166 en 1991, y a 193 en la actualidad.

El siglo XIX y la primera mitad del XX son periodos que han conocido una rápida expansión colonialista europea y estadounidense, empujada por la primera y la segunda revoluciones industriales, lo que provocó constantes guerras intereuropeas, que afectaron a toda la población mundial. En tales circunstancias, de continuas guerras de todos contra todos, el tamaño y los recursos naturales de los territorios y el número de los habitantes de las poblaciones controladas por los Estados era vital para su supervivencia como entidades soberanas. El desarrollo de las instituciones y de las tecnologías disponibles favorecían también a los Estados grandes. En ese periodo, el tamaño se transformaba en ventaja.

Hoy las cosas parecen haber cambiado. Si observamos indicadores como el ingreso por habitante de los diferentes países, son los pequeños los que se encuentran a la cabeza. Por ejemplo, Catar, Liechtenstein, Luxemburgo, Macao o Mónaco están en los primeros diez lugares; y si se trata del índice de felicidad, también son países pequeños como Costa Rica, Dinamarca, Finlandia o Irlanda los más felices. En cambio, países altamente desarrollados de tamaño intermedio, como Alemania, Francia, Inglaterra, Italia o España, se encuentran económicamente por debajo del Estado-continente estadounidense, aunque no en el índice de felicidad. Los grandes Estados como China, India, Rusia o Brasil están muy por debajo, según ambos índices.

En el mundo actual, la ventaja parece que la tienen los países pequeños, siempre y cuando estén protegidos por un orden mundial pacífico y estable. Algo que a todos nos conviene y del que todos somos responsables.

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