Viernes 22 DE Marzo DE 2019
Opinión

Evitemos la mediocridad política

Si no somos igual de mediocres, demostrémoslo.

— Jorge Mario Rodríguez
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El hecho de que el filósofo alemán Hans Blumenberg hubiese visualizado el Mito de la Caverna –el cual aparece en el diálogo platónico de La República– como metáfora absoluta de la vida humana, sugiere la infinita dificultad de la emancipación humana. El ser humano organiza su vida entre sombras y, encadenado al fondo de una cueva, se niega a experimentar su vida en plenitud.

Esta metáfora fundamental puede ser recordada cada vez que pensamos en las dificultades políticas de romper las cadenas que nos sujetan a una vida indigna. La indiferencia política, tan odiada por Antonio Gramsci, solo es explicable si se asume que el sistema de dominación atrofia las capacidades más altas del espíritu. “La manipulación organizada produce esclavos dóciles y manejables, dice el filósofo italiano Diego Fusaro, amantes inconscientes de su esclavitud, incapaces de imaginar una realidad que no sea la de la caverna que perpetua su sometimiento”.

¿Explican estas consideraciones la negativa de nuestra sociedad a plantearse la expulsión de la política de la clase más pestilente? Solo los rasgos más oscuros de la condición humana pueden explicar las causas por las que, en nuestra presente situación
–que se asemeja a la de tantas sociedades– nos resignamos a que los individuos más mediocres puedan hinchar sus bolsillos a cambio de una carga insoportable para el futuro de nuestros hijos. Es inaceptable que tantas personas quejosas hagan depender de la voluntad divina o de la motivación barata esos problemas que surgen de su alegre indiferencia frente a los asuntos comunes.

No debemos olvidar que los primeros en olvidar el derecho a tener derechos somos nosotros mismos. Preferimos la servidumbre voluntaria a la siempre difícil libertad. Preferimos pasar los días tranquilos y sin sobresaltos a asumir la tarea necesaria de echar de las instituciones a una clase política que nos abofetea de la manera más indignante.

Imaginamos que la política es una ocupación a la que solo pueden dedicarse seres miserables, proclives a venderse al mejor postor. Se ignora, en consecuencia, que los problemas que enfrentamos encuentran su raíz en una muchedumbre hecha de la misma madera que los perdidos gobernantes cuya incompetencia ahora es objeto del más absoluto desprecio.

¿Por qué hemos permitido que la esfera política se haya separado de la vida cotidiana, olvidando la gran lección del feminismo según la cual lo personal es político? Las patologías que distorsionan la vida política se incuban en las prácticas de la vida diaria, en donde permitimos que el malo y el incompetente impongan sus intereses. Encajamos cualquier golpe que quieran darnos, desde el nombramiento de un funcionario idiota hasta los “errores involuntarios” en las cuentas que debemos pagar.

No se trata tan solo de que nos indigne el actual estado de abyección. Se trata de que este sentimiento se haga factor de cambio, no causa perpetua de ciega ingobernabilidad. Se tiene que evitar el letargo complaciente tan típico de esta sociedad timorata. Es necesario imaginar las consecuencias cercanas de la debacle que estamos viviendo.

El desgobierno actual se prologa tan solo porque este país tiene una masa crítica de personas con el mismo nivel de ineptitud. Si no somos igual de mediocres, demostrémoslo. No podemos esperar siempre que otros tomen la tarea por nosotros. Salgamos de la caverna para constituirnos en una comunidad de seres libres y no en una muchedumbre de esclavos al servicio de los mediocres.

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