Martes 20 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Con un cuadro de Karl Marx en la cabecera de la cama

En el mes del bicentenario de Marx.

— Gonzalo Asturias Montenegro
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Sin imaginármelo, en un abrir y cerrar de ojos, estaba siendo acomodado en una estancia llena de estanterías con libros, y con un gran cuadro de Karl Marx en la cabecera de la cama, con el que tuve algunos soliloquios. Esta es la historia que recuerdo, con ocasión del bicentenario de nacimiento del pensador alemán, que tiene lugar este mes.

Extenuado por el trabajo periodístico que realizaba como jefe de información de un telenoticiero en Canal 3, pedí vacaciones para descansar un poco, con tan buena suerte que el director del medio periodístico en el que trabajaba, me regaló un pasaje aéreo al Distrito Federal de México. Como previamente, un buen amigo mío me había invitado a su casa en esa urbe, uní las dos puntas, y cuando menos lo pensé estaba en la Colonia Campestre Churubusco, delegación de Coyoacán, en un barrio y en una casa hermosos. La residencia tenía un jardín de buen tamaño. En la primera planta, vivía mi amigo con su mujer, y en el único dormitorio en el segundo nivel, me acomodaron a mí.

 Yo que había dormido con algún crucifijo en la cabecera de la cama (vengo del seno de una familia conservadora), esta vez tendría que hacerlo con un gran cuadro de Marx, que tenía un gran marco dorado, en momentos en los que el marxismo estaba en su cénit. ¡Wow! Jamás me imaginé que esto me ocurriría.

La primera noche, antes de dormirme, realicé mis oraciones ante el gran cuadro de Marx. Luego, vi fijamente a los ojos del pensador alemán, y le dije: –para mí la religión no es opio sino liberación. Y me reí. Como estaba solo, nadie me podría reputar de loco.

Discutir de Marx en el bicentenario de su nacimiento me parece ocioso, porque el marxismo, ampliamente refutado, y rebasado por la historia, está hoy en su nadir. Y para colmo de males, la tecnología lo ha dejado sin resuello, sin partitura y sin dialéctica, envuelto en nuevas contradicciones irresolubles. Así, por ejemplo, en una pequeña fábrica robotizada, manejada por el dueño y sus hijos, no habría apropiación de nada del obrero, porque no habría obreros.

Hoy hay grandes empresas robotizadas que son manejadas por ingenieros altamente tecnificados, con salarios que dan envidia a cualquiera. En las fábricas del futuro, cada vez habrá menos obreros (con menos horas de trabajo) y más robots. (Imagínese que mi hijo Diego, en Silicon Valley, tiene un robot que le barre la casa, prescindiendo de quien le hacía el trabajo anteriormente). En el futuro, muchos de los objetos de uso común serán fabricados por impresoras 3D. La inteligencia artificial, que está por estallar, llevará todo esto al paroxismo.

El problema de hoy es que la tecnología avanza con mucha mayor rapidez que el pensamiento y que las ideologías, creándose una brecha hasta hoy insalvable. En realidad, ante el boom tecnológico urge que surjan hoy nuevos pensamientos para un mundo nuevo. Lo pasado (incluido el marxismo) ha perdido sustento en todos los campos, incluyendo el ideológico: las ideologías de hoy están anquilosadas, y no saben para dónde ver.

Alguna noche reclamé a Marx que, por seguir sus teorías, gobernantes de varios países, habían asesinado a cerca de cien millones de personas, sobre todo en la Unión Soviética y China. (Se trató de asesinatos en masa, selectivos, en purgas políticas y hambrunas provocadas por la implementación de las teorías de Karl). Seguramente que Marx habría estado horrorizado de ello. ¡Y no era para menos!

Más allá de todo ello, yo me desestresé porque no sabía nada de Guatemala (no había redes sociales ni comunicación telefónica barata: la que había era estatal, de pésima calidad y cara). Después de desayunar, mi amigo se iba a la Universidad; y yo con un mapa en la mano, me iba en el metro a ver museos y sitios de interés cultural e histórico. También tomé algunos tours para visitar, entre otras, las ciudades coloniales de Guanajuato, San Miguel de Allende, Morelia… Por las tardes, leía un libro voluminoso de la historia de México. Si hubiera tenido buena memoria, sabría toda la historia de México al dedillo.

Los fines de semana, mi amigo y sus amigos de maestría en la UNAM y yo discutíamos sobre política y economía y sobre el mundo, mientras festejábamos con una buena comida y unos tequilas. No digo que arreglábamos al mundo, porque nunca llegábamos a ningún acuerdo, al menos yo no concordaba con nadie. Sería mejor decir que desarreglábamos al mundo. Siempre todos nos reímos mucho, en un ambiente de respeto.

Aquel mes que estuve en México se pasó de prisa, y cuando menos lo sentí, estaba de nuevo en mis funciones de jefe de información, sujeto a un trajín periodístico increíble, pues las noticias son un río caudaloso que nunca para. Años después, mi amigo volvió a Guatemala, donde fue exitoso y famoso, y ahora es parte de la historia de nuestro país.

Ciertamente, aquellos días transcurrieron suavemente: descansé (me desenchufé de Guatemala y de las noticias, lo cual fue un logro muy grande) y aumenté mi acervo cultural. Algunas veces, consideramos que el tiempo pasado fue mejor. Y este es mi caso en esta ocasión, aun durmiendo con el cuadro de Karl Marx en la cabecera. Pocos han tenido una suerte tan grande, porque ni en su momento los comunistas lo hicieron, menos lo realizarían ahora que esta demodé. gasturiasm@gmail.com

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