Martes 18 DE Junio DE 2019
Opinión

Otra arremetida de la tropa loca

Tanto rodeo, que dé el salto al vacío.

Fecha de publicación: 14-05-18
Por: Édgar Gutiérrez

En sesenta años Guatemala ha atravesado tres periodos críticos de su política exterior, que representaron graves regresiones y un severo aislamiento internacional con enormes costos de oportunidad. El primero fue en 1954 con el golpe de Estado de la CIA y Castillo Armas que nos introdujo a un torbellino de inestabilidad política durante casi cuatro décadas, aislándonos del emergente mundo poscolonial (los “no alineados”), con lo cual perdimos el piso para un reclamo con eco en el diferendo de Belice.

El segundo momento fue en 1980, bajo el régimen de Lucas García, cuyas policías políticas tomaron por asalto la Embajada de España, provocando la matanza de decenas personas ahí refugiadas. El tercero es ahora, con el gobierno sin personalidad ni identidad de Jimmy Morales, que ha pronunciado una nueva tendencia de aislamiento y ruptura del marco constitucional que establece los principios de las relaciones internacionales: paz, libertad, derechos humanos, democracia y multilateralismo.

La decisión de trasladar la embajada de Guatemala a Jerusalén viola acuerdos multilaterales suscritos hace más de 30 años y abona al conflicto en el Medio Oriente. Pedir la remoción de los embajadores de Suecia y Venezuela, sin explicaciones e irrespetando los procedimientos asumidos en la Convención de Viena, se convierte en un acto abierto y ridículo de hostilidad contra países tradicionalmente amigos, alertando al resto de la comunidad internacional sobre este régimen díscolo, ignorante, inestable e irresponsable.

Como bien me dijo el exembajador de Guatemala en Washington, Francisco Villagrán de León, en el caso de Venezuela “habría sido más sensato retirar a nuestro embajador en Caracas y obligar de esa manera a la señora Salcedo a irse. Se habría podido formular como una acción basada en las condiciones que prevalecen en aquel país”. Pero es obvio que Jimmy Morales y su rosca carecen de las convicciones democráticas para pensar en esos términos.

¿Y Suecia? Un símbolo del capitalismo próspero y solidario, con un peso específico en los órganos clave de las Naciones Unidas; además, una nación que nos ayudó desde el terremoto de 1976 e invirtió apreciable capital político y financiero en la construcción de la paz y la lucha contra la corrupción. ¿Cuál es el pretexto? El mal entendimiento de la “sociedad corrupta” quedó zanjado desde enero pasado. Lo hace tan mal el régimen de Morales –a juzgar por la forma y el lenguaje, no pasó por las instancias profesionales de la Cancillería– que Suecia tiene ahora todas las cartas en sus manos. Si quiere, no remueve al embajador Anders Kompass. Si quiere cierra su embajada en Guatemala y sigue el apoyo a la CICIG desde México o Costa Rica. Si quiere, rompe relaciones con Guatemala y le aplica la ley del hielo.

Jimmy Morales puede denunciar en cualquier momento el acuerdo de la CICIG si su problema es garantizar su impunidad y la de su rosca. No entiendo por qué tanto rodeo. Sale más barato para todos que dé el salto al vacío y libere al país de sus lamentaciones monotemáticas, a fin de que la agenda se nutra con lo esencial: desarrollo económico, prestación de servicios básicos y gobernabilidad. Jimmy Morales se ha llevado a Guatemala entre los pies. Su incapacidad supina, su desvergüenza sin límites y sus chistes mediocres han cansado a la gente decente y a la comunidad internacional, espantada por tanto despropósito.