Miércoles 22 DE Mayo DE 2019
Opinión

Érase una vez

Un país de papel…

Fecha de publicación: 09-05-18
— Anabella Giracca

“Si hubiera más políticos que supieran de poesía, y más poetas que entendieran de política, el mundo sería un lugar un poco más amigable”. Me encanta ese dicho, y lo comparto porque acá la política perdió esa humanidad sensible, abandonó su esencia, se convirtió en un costal atiborrado de intereses personales, confrontación, corrupción y vendajes. En un enredo de complotistas. La política extravió su corazón. Ya nada cuadra en este territorio tan conmocionado de volcanes, cordilleras y ríos largos. Unos le llaman caos, “algo va a pasar”. Y la verdad es que siempre se oxigena la crisis.

Quienes están llamados a garantizar la unidad, la concordia, la fraternidad, hoy se suben a su escenario para confrontar, retar, mostrar su intolerancia. Buscan aliados desesperadamente en lugar de dedicar su tiempo para lo que fueron electos: articular acciones necesarias en función del bienestar común. Y mientras tanto el hambre sigue su ruta de dolor, la muerte continúa visitando a mansalva, la pobreza permanece sentada en su silla de primera fila, la desigualdad…

¿Cómo recuperarnos? La mala política solo se puede limpiar desde la política. Desde el servicio público honorable. Desde cuadros serios, capaces y comprometidos. Pero como ciudadanos también debemos de cambiar, fiscalizar, involucrarnos y exigir colectivamente respuestas coherentes. Escoger programas y no rostros; equipos y no imágenes vacías; ideólogos y no cascarones. La política que necesitamos es una conformada por personas que jamás pierdan la vergüenza y por servidores que, al servir, jamás pierdan el respeto. Por una buena formación cívica…, ¿por qué no hacerlo?

La verdad, es que el Estado se ha desconfigurado. Se quedó sin aire. Perdimos humanidad.

El Congreso es cosa perversamente extraña, por ejemplo. Son tantos los que resultan sumándose a pactos y tratados oscuros; tantos que transan y maquinan para encontrar sus salidas a costa de todo y de todos. Un diputado se pone a hablar y generalmente no dice nada. Encima, nadie le escucha pero, después, todos están en desacuerdo. Es como si navegaran en barcos de papel en medio de una tormenta. Tan fácil hundirse.

Sin duda que la política es demasiado seria y puede ser demasiado buena como para dejarla tantas veces en manos de bandidos. Es más, la política debería ser la profesión a tiempo parcial de todo ciudadano guatemalteco. Con más poetas y menos insensibles. Con arrestos. Entusiasmo, esperanza… Y poder decir: érase una vez, un país de acero.