Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Radiografía de una sociedad polarizada

Escribo para generar reflexiones sobre esos ríos de contradicciones y posturas irreconciliables que atraviesan nuestras percepciones de la historia reciente de este lugar común que habitamos.

— Marcela Gereda
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El fallecimiento de Álvaro Arzú reveló entre en las redes sociales el altísimo termómetro de polarización, la falta de visión histórica y de conjunto que hay entre nosotros.

Opiniones encontradas y defendidas a capa y escudo desde trincheras incompatibles. Los unos aclaman y alaban a este político perseguido por la justicia y los otros reclaman que la justicia nunca le tocó a este cacique-dictador.

Nuestra manera de percibir el mundo responde a una serie de elementos y códigos culturales aprendidos en los espacios donde nos socializamos y también a la información y conciencia que logramos forjar. Es decir, cada cual habla desde donde es y desde el lugar que ocupa en la sociedad.

Mientras hay quienes conciben a Arzú como el “mejor político de la  historia”, otros lo ven como el “más oscuro y siniestro de todos los personajes  históricos”.

Dice una seguidora de Arzú: “Gracias maestro y héroe por haberle dado a esta ciudad de tu obra, la categoría de paraíso terrenal. Que el señor te tenga eternamente en su gloria por haberle devuelto la luz a este lugar de oscuridad”.

Mientras otra persona muy cercana a Arzú dice: “era un tipo engreído y narcisista atrapado en amor al poder que trataba al país como si fuera su finca. Y aunque la gente alrededor de él sabía esto lo idolatraban irracionalmente padeciendo cierto síndrome de Estocolmo”.

Enrique Naveda, director de Plaza Pública: “Se murió un hombre-estructura. Se murió un hombre que amenazaba. Se murió un hombre de decisiones grandes y sentimientos pequeños. Se murió un orador tonante y un pensador ausente. Se murió un hijo de la élite que fragmentó a la élite y reclamó el poder para el Estado, y sirvió negocios en bandeja. Se murió el hombre que fundó su último partido sobre una variación del himno falangista. Se murió el alcalde que podía controlar parcelas de cada organismo del Estado, e incluso de instituciones autónomas. Se murió el Presidente cuyo Estado Mayor asesinó a Gerardi. Se murió el alcalde que represaliaba a quienes veía como adversarios usando las fuerzas más arteras del Estado. Se murió el presidente que firmó la Paz y asumió con fervor supersticioso el Consenso de Washington. Se murió el líder que convirtió a los partidos políticos en una eficaz máquina de pragmatismo, tecnocracia y caciquismo descentralizado. Se murió el iracundo y el campechano, el hombre que tenía bigote incluso cuando se lo afeitaba, se murió el canche, el victorioso, el tipo que concedió el Transmetro y el que lo desahució. Se murió el volátil, el versátil, el caprichoso…Se murió un Hombre fuerte, una categoría, una idea platónica”.

Por otro lado, el mismo hombre que tantos odian, para otros resulta ser un Dios, hay quienes piden que se le canonice. Sí, fue una figura fundamental pero ¿para quiénes y por qué?

Lo cierto es que estas muestras nos colocan ante el espejo de una sociedad dividida en “buenos y malos”, “amigos y enemigos”, y el debate de esos personajes genera posicionamientos radicales y fundamentalistas.

Si se cruza la frontera de ir más allá de concebir a este ser como oscuro o luminoso y logramos hacer una análisis frío y sin emocionalidad, por el tipo de política que hizo, entonces estaríamos por escribir uno de los capítulos más interesantes en la historia del país, porque solo la verdad nos hará libres.

Muchas veces el lugar desde donde miramos es lo que hace incompatible las posiciones. ¿Qué nos ha llevado a percibir desde esas posturas irreconciliables?

Lo que todos tenemos en común es que queremos un lugar de belleza, de educación, de libertad, todos queremos la paz, y la paz pasa necesariamente por la justicia, una justicia que podría surgir de hundir las manos en la historia y analizar el porqué de estas posturas opuestas y al comprenderlo intentar hacernos de una visión común y de conjunto que le dé futuro e identidad a este lugar compartido. Tenemos demasiado qué aprender sobre nosotros mismos si nos atrevemos a bajar al inconsciente de por qué odiamos o idolatramos por qué elaboramos una figura platónica o por qué repugnamos desde las entrañas. De por qué pedimos canonizar o quemar. Yo no tengo la respuesta, pero creo que las respuestas y la reflexión merece la pena.

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