Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
Opinión

A 20 años del asesinato de Gerardi

Agitado fin de semana. Miles de personas piden la renuncia de un presidente en el que ya nadie cree. Además de la convulsión social que vivimos, esta semana se cumplen dos décadas del asesinato de Monseñor Gerardi y ello nos coloca frente a ciertos caminos pendientes.

— Marcela Gereda
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A veinte  años de ese cruel asesinato político, podemos asegurar que con el mismo, no solo perdimos a Gerardi, perdimos su lucha por la necesidad de una catarsis colectiva y de hacer un trabajo de memoria histórica nacional.

Fue con la inspiración en la Teología de la Liberación (que a partir de la II Conferencia Episcopal Latinoamericana, celebrada en Medellín en 1968 y Concilio Vaticano II), que Monseñor Gerardi fundó la CEH, Comisión para el Esclarecimiento Histórico en Guatemala, buscando rescatar la voz de las víctimas de la violencia a manos de un Estado militarizado.

Fue así como se creó el Proyecto REMHI (Recuperación de la Memoria Histórica) para recoger testimonios sobre las violaciones de los derechos humanos ocurridas durante el conflicto armado, proponiendo a las víctimas como los promotores del cambio en el país. En ese trabajo de recoger testimonios, Gerardi colocó la voz de las víctimas como ejes eran centrales para la reconstrucción del tejido social, deshecho por el conflicto armado.

El gran valor del trabajo realizado por Gerardi en el REMHI fue esa capacidad de haber trabajado con las voces y la memoria directa de las víctimas, construyendo así un relato colectivo de lo que antes había circulado solo de manera fragmentada e inconexa. Es decir, era hablar de la muerte, para hablar de la vida, hablar del dolor vivido para reconstruir los caminos de la confianza y la integración social, usar el dolor como palanca de fuerza para refundar un contrato o pacto político a partir de un “Nunca Más”.

Para Gerardi la respuesta para el futuro no podía venir solo del Estado, sino sobre todo de las propias víctimas de la violencia al romper el silencio y dar su testimonio. Y fue eso lo que le hizo un enemigo del Estado y fue por ello que su muerte fue un asesinato político.

Con la muerte de Gerardi no solo perdimos a un gran ser humano, sino a su lucha incansable por la recuperación de la memoria histórica como recuerdo consciente. Ahora nos queda la necesidad de divulgar esa memoria, aprender de ella, no para promover venganzas, o resucitar el caos, sino porque solo la verdad nos hará libres.

¿Cómo podemos seguir viviendo, o viéndonos al espejo si ignoramos el dolor y sufrimiento de miles de personas desaparecidas, exterminadas, perseguidas, experimentando condiciones de injusticia y violencia?

Gerardi nos enseñó que la memoria histórica lejos de revolver el pasado, es una apuesta por el futuro. Es decir, se hunde las manos en el pasado para proyectarlo de manera esperanzada en el horizonte del mañana.

Sin memoria histórica no puede haber consciencia de quiénes somos, es decir no puede haber identidad. Y sin identidad colectiva no puede haber sociedad. Por eso uno de nuestros retos y desafíos más importantes como sociedad hoy es retomar ese legado de Gerardi: recuperar la memoria y la vida en común.

Si enterramos la verdad de esos pasajes oscuros de donde viene esta sociedad, estaremos condenados a ser una sociedad sin libertad porque no podemos ser libres si no asumimos nuestras verdades colectivas más hondas y dolorosas.

Guatemala es un país polarizado en la que mientras la elite económica niega parte de la historia del conflicto armado y la pinta como si esta fuera una “invención”, desde muchas comunidades indígenas la gente ya perdió el miedo de hablar, de contar sus testimonios de horror no para manchar el presente, sino para hacer justicia a las víctimas, a los que ya no están, a los que fueron brutalmente expulsados del tiempo.

Dice Eduardo Galeano, “no es que la memoria contempla la historia, sino que la invita hacerla, no en los museos, sino en el aire que respiramos, porque ella desde el aire nos respira… la memoria viva no nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida, no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia, pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie”.

¿Qué se debe hacer con una historia reciente repleta de víctimas, cuerpos enterrados en secreto, miedo penetrante y negación oficial? ¿acaso puede una sociedad construir un futuro democrático sobre la base de una historia cegada, negada u olvidada?

Siembra verdad y justicia y cosecharás reconciliación, nos dejó anotado en el muro de tareas pendientes Gerardi. Que su legado sea nuestro camino. Podemos hacer vivir su mensaje entre nosotros, dejar hablar las voces que componen ese mensaje, porque los muertos también somos nosotros, porque esos muertos, son todos nuestros.

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