Sábado 20 DE Abril DE 2019
Opinión

La escuela y las emociones

Su expresión sana permite una mejor salud integral.

— Roberto Moreno Godoy

Siento pesar. Tengo miedo. ¡Qué orgullo! Estoy avergonzado. Paso angustia. Estoy fatigado. Las personas no sabemos cómo manejar y expresar nuestros sentimientos, lo cual deriva, en demasiadas ocasiones, en malentendidos, intranquilidad, enfrentamientos y problemas innecesarios. Muchas veces permitimos que la presión se vaya acumulando hasta que la cuestión estalla de manera incontrolable. Se puede listar una infinidad de casos en donde la imposibilidad de manejarlo ha tenido consecuencias nefastas para las personas y para quienes les rodean. El no atender oportunamente el asunto ha hecho que la pita se reviente. La pregunta es ¿qué podemos hacer para tener un mejor balance? Lo cierto es que si logramos una fórmula que genere inteligencia emocional podremos ser más productivos y felices. Sin embargo, no es sencillo poder hablar y ventilar lo que nos pasa con quienes nos rodean. Muy frecuentemente la cultura nos incita a ignorar o a ocultar nuestros sentimientos. Lamentablemente, esto genera fisuras en nuestra comunicación con los demás y altera nuestra paz interior.

Hace un tiempo me llegó a las manos un artículo de Grace Rubenstein, quien abogaba a favor de que las emociones fueran enseñadas en la escuela. La portada de la publicación mostraba a una niña de chongos, llorando y pegando alaridos a rienda suelta. La tesis de la autora es que, además de la lectoescritura, la ciencia, la historia y los fundamentos de matemática, es necesario incluir el aprendizaje de las emociones. Muchos adultos no tuvieron dicha oportunidad en su etapa escolar. Nadie les enseñó a identificar y manejar sus sentimientos, ni a cómo navegar para no perder el equilibrio cuando las aguas están turbulentas. Sin embargo, las investigaciones denotan que las personas que manejan mejor sus destrezas emocionales logran un mejor desempeño escolar, gozan de mejores relaciones interpersonales y se involucran menos en conflictos o en situaciones poco sanas. Adicionalmente, en el ámbito laboral las competencias vinculadas a la inteligencia emocional son cada vez más apetecidas. A manera de referencia, la autora cita el conocido programa RULER, auspiciado por el Centro de Inteligencia Emocional de la Universidad de Yale, el cual es aplicado en más de mil escuelas de preprimaria y primaria de los Estados Unidos de América
(http://ei.yale.edu/ruler/ruler-overview/). El mismo promueve la capacidad de las personas para reconocer las emociones propias y las de otros, comprender sus causas y consecuencias, catalogarlas con exactitud, expresarlas apropiadamente y regularlas efectivamente. Utiliza un enfoque curricular que promueve su uso en todas las disciplinas y actividades escolares, de forma que las competencias sean reforzadas en todo momento. Asimismo, estimula que los estudiantes compartan los aprendizajes con sus familias. Según los responsables del programa, los psicólogos han encontrado que los establecimientos expuestos a esta dinámica no solo sufren menos incidentes de acoso, depresión y ansiedad, sino que sus alumnos denotan calificaciones más altas y un mayor liderazgo.

Parece un asunto que contemplar en todos los procesos de reforma educativa. La expresión sana de nuestras emociones permite una mejor salud integral, pues aquellas que no salen a flote pueden convertirse en toxina para el cuerpo, que eventualmente genera diferentes reacciones negativas que llegan a enfermedad. La escuela puede facilitar espacios para aprender a expresarnos sanamente sin recurrir a los extremos de represión o explosión.

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