Miércoles 12 DE Diciembre DE 2018
Opinión

La sana inestabilidad

Momento de plantar los “no retornos”

— Edgar Gutiérrez
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Latinoamérica vive un ciclo de inestabilidad política que se relaciona con uno de los resultados quizá inevitables de su sistema sociopolítico y económico: la corrupción. Más allá de eso, la corrupción forma parte del material con el que se fundieron los cimientos de su orden republicano, tan inestable como socialmente desigual en los siglos XIX y XX. La diferencia en este nuevo siglo es no solo de escalas del latrocinio, ampliación de brechas de desigualdad y de anti-valores extendidos en la sociedad: es que la corrupción se convirtió en una amenaza central del propio sistema (democracia y mercado), sobre todo, como es nuestro caso, cuando se entremezcla con la geopolítica del crimen organizado.

Esa entremezcla alcanzó en Guatemala la cima, lo que suele denominarse la fase simbiótica en la evolución criminal, es decir, cuando autoridades democráticas y crimen organizado se nutren mutuamente, no pueden vivir uno sin el otro, pues son prácticamente lo mismo. Nos ocurrió en 2012 y se desveló en 2015. La sana inestabilidad política que provocó el Ministerio Público y la CICIG, legitimada por la ciudadanía durante 20 semanas consecutivas en las Plazas, dio al traste con esa fase. Y Washington, entonces (finalmente), lo entendió a la perfección cuando el 1 de septiembre envió el mensaje a Pérez Molina: “hasta aquí llegamos”. Al día siguiente el mandatario renunció.

En mayo de ese año había renunciado la vicepresidente Baldetti Elías y las transiciones en la cúpula del gobierno central ocurrieron sin mayor sobresalto. Alejandro Maldonado asumió primero como vicepresidente y más tarde como presidente y nada (en sentido estricto) pasó. Las elecciones se realizaron con gran concurrencia ciudadana y sin sobresaltos. Sin liberar esa sana inestabilidad hoy nos estaría gobernando Manuel Baldizón y, con suerte (si no hubiese provocado ya una reforma a la Constitución para reelegirse), Alejandro Sinibaldi, el líder de la “oposición”, estaría calentando motores para ser electo en 2019, pues a él le hubiese tocado.

La inestabilidad política que tiene una guía de conducción –que es la ley- busca sus reacomodos, no se desborda, como sí ha ocurrido en Honduras (golpe de Estado en 2009 y fraude electoral en 2017, ambos finalmente legitimados por la comunidad internacional, en nombre de la estabilidad política). A veces en nombre de esa estabilidad política se esconde demasiada basura bajo la alfombra que termina por volverse insoportable. Ocurrió en Venezuela en 1992, cuando la comunidad internacional se hizo de la vista gorda y al cabo en la explosión del ya para entonces irremediable sistema político, escaló el populismo sin freno al poder, hasta llegar a los resultados extremos que ahora vemos.

Una mala entremezcla de resultados buscados (cortar las alas a Iván Velásquez y Thelma Aldana, y quitar el filo anti-corrupción del Capitolio y el Departamento de Estado) con casualidades (Jerusalén) y estereotipos (la sombra del Kremlin) podría provocar que la comunidad internacional prefiera amontonar toda la basura bajo la alfombra en Guatemala, antes de continuar dejando al menos con autonomía el curso de depuración del sistema carcomido hasta sus bases por la corrupción. En realidad, ya no es posible hacerlo, pues la sana inestabilidad de los tres últimos años ha cambiado el país. Lo que ahora está en juego es la profundidad de ese cambio, el grado de dificultad y lentitud de lo que hay que transitar hasta fundar un Estado de Derecho, y el costo social y económico que tendrá. Si una coalición local –incluyendo la Plaza- se planta a favor del cambio y los “no retornos”, la titubeante comunidad internacional no tendrá otro remedio que seguir apoyando.

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