Jueves 19 DE Abril DE 2018
Opinión

Una partida de monopoly a la tortrix

En cada partida de monopoly de cuatro años, se concentran las ganancias en unos cuantos.

— Manfredo Marroquín
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Las confesiones de Juan Carlos Monzón, el ex secretario privado de la Roxana Baldetti, no sorprenden ni extrañan, pero sí logran poner en vitrina frente a los ojos del gran público el juego que se desarrollaba más parecido a una casa de apuestas o al famoso juego de mesa monopoly que a una Casa de Gobierno, durante la gestión del Partido Patriota y que no dista mucho de lo que pudo haber ocurrido en otras administraciones de gobierno de haber sido
investigadas en su debido momento.

El sistema político nacional ha funcionado como un gran casino y quienes regentean la administración del mismo cada cuatro años, dedican la mayor parte de su tiempo a planear y orquestar negocios millonarios para los financistas o jugadores de cada contienda electoral y para sí mismos, dejando los asuntos públicos y de Estado como la última prioridad de su tiempo y decisiones.

Como en toda casa de juegos, solo la casa era la gran concentradora de ganancias dejando las pérdidas para el resto de la sociedad que se negaba a reconocer que su voto se limitaba a escoger a los regentes de ese gran casino disfrazado de gobierno popularmente electo.

Como lo explicó el mismo Monzón la partida comienza con las apuestas para costear los actos de campaña apoteósicos y costosísimos que no eran reportados ni tampoco investigados por la autoridad electoral. La casa de apuestas se encargaba que toda la institucionalidad estuviera organizada y aceitada para que nadie echara a perder la siguiente temporada de juego
pactada por cuatro años.

La casa de apuestas tampoco discriminaba a los jugadores por el origen de sus fondos. A todos favorecía en sus decisiones sin importar el costo como lo hizo ordenando la vicemandataria un millonario proyecto de dragado para salvar una casa de playa de una amiga de la ex vicepresidente que años después reclamó la justicia estadounidense por lavado de activos y narcotráfico.

Como todos sabemos el testimonio de Monzón se limita a lo que pudo conocer en su rol de secretario privado de la ex vicepresidente. Para tener un cuadro completo de esa orgía de poder corrupto tendríamos que escuchar a cientos de operadores que estaban al servicio de otros delfines poderosos como lo fue el propio exministro de Comunicaciones, Energía y Minas, Gobernación y un largo etcétera.

Para no quedar al margen, en el Congreso montaron su propia sala de juego y apuestas, muchas municipalidades abrieron juego incluso endeudándose y constituyendo fideicomisos que no rendían cuentas a nadie, los fondos sociales pasaron a situación de quiebra como el mal recordado Fonapaz por apostar más allá de sus capacidades financieras aprobando proyectos que nunca se realizarían a cambio de una mordida de anticipo.

Del juego de monopoly a la tortrix salían pocos ganadores con aviones, helicópteros, motos, yates, vehículos de lujo, casas de playa, montaña, etcétera, mientras en las estadísticas nacionales crecen la desnutrición infantil, la pobreza, la inseguridad, los flujos migratorios, el desempleo y un largo etcétera. El testimonio de Monzón es una quita venda de los ojos a una buena mayoría de guatemaltecos que se resistían a creer que estábamos siendo gobernados por una mafia organizada políticamente. De continuar esta lógica de ejercicio del poder político, Guatemala seguirá encabezando el último lugar en casi todos los indicadores de desarrollo humano, social y económico pues en cada partida de monopoly de cuatro años, se concentran las ganancias en unos cuantos mientras los costos y pérdidas se distribuyen para el resto de la población.