Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Sin liderazgo no hay paraíso terrenal

La esperanza es el surgimiento de un liderazgo que asuma en este siglo los retos formidables que representa la innovación tecnológica.

— Amílcar Álvarez
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La falta de líderes es un fenómeno generalizado, mal endémico que permite a los charlatanes apoderarse del escenario político y construir una realidad ideal basada en mentiras marginando el talento y la inteligencia, multiplicándose los problemas sociales en proporción geométrica sin capacidad de respuesta. Con la abundancia de unos pocos galopa la miseria material y espiritual, la ausencia de valores y la inestabilidad social al ignorar la realidad priorizando el consumo y el hedonismo, olvidando que los valores humanos son la esencia de los pueblos y de las civilizaciones que no se venden ni se compran en el mercado, que el hombre sin principios no es un instrumento idóneo para preservar la libertad, el bien común, ni menos promover la evolución de las ideas. En este siglo debería preocuparnos el futuro desde otra perspectiva, con una visión más racional de la realidad sin perder la identidad ni esconder lo que somos, actitud válida que permitirá superar con éxito aunque sea relativo los retos de la innovación tecnológica y los nuevos desafíos que conlleva, sin excluir los intereses perversos del crimen organizado, imperio con capacidad de poner en jaque el sistema por su eficiencia homicida. La preocupación es universal y un tema prioritario en la agenda de los dirigentes de los países del primer mundo, buscando la fórmula de erradicar el flagelo con eficacia y evitar en lo posible que la tecnología clasificada caiga en manos equivocadas al persistir la delincuencia con sus tentáculos en el medio tecnológico y financiero de consolidar su hegemonía, convirtiéndose en una amenaza real para la seguridad de cualquier país. En el tercer mundo ha creado mini-Estados dentro del Estado, tejiendo alianzas estratégicas con empresarios sin escrúpulos, dándole a los marginados trabajos bien remunerados de preferencia donde no hay presencia del Estado, incubándose una rebelión social novedosa sin precedentes. La esperanza es el surgimiento de un liderazgo que asuma en este siglo los retos formidables que representa la innovación tecnológica, beneficiándose la humanidad de su capacidad y audacia para enfrentar las enfermedades sociales actuales y futuras que surgirán sin asomarse todavía a la imaginación, dedicándose con especial esmero a consolidar el entendimiento entre el bienestar material y el espiritual, en la búsqueda de una relación social más equilibrada apagando para siempre el viejo concepto homo homini lupus: el hombre es el lobo del hombre.

Lejos quedó la época de estadistas de la talla de Charles de Gaulle, François Mitterrand o Konrad Adenauer y en nuestro país de Juan José Arévalo. Hoy gobiernan dirigentes incapaces sin ética, dando la sensación de que no están en sus cabales floreciendo la insensatez con desmanes inadmisibles, incluso en sociedades que se precian de respetar la ley, dificultando lograr un mundo mejor a pesar de la inevitable interdependencia de las naciones. Por increíble que sea también se perdió la sabiduría donde el Tío Samuel, dando la impresión que le tienen miedo al futuro atropellando a México de manera injustificada por el tema de los migrantes y el Tratado de Libre Comercio TLC, que como signatario está en capacidad de denunciar o negociar con tino, valorando la importancia de un mercado integrado sin necesidad de someterlo a un acoso implacable, pretendiendo que pague a puro tubo un muro que no es la solución a la problemática de la inmigración ilegal que por su naturaleza, requiere una política integral que no han podido o querido implementar del Río Bravo al Darién y deberían hacerlo, en lugar de tirar el dinero en el Oriente Medio a cambio de nada. El muro lo pueden construir otorgando la residencia a 10 millones de indocumentados que viven hace años en EE. UU., pagando cada uno contento y agradecido US$3 mil con tarjeta de crédito a un interés del tres por ciento anual y no del 70, como cobran aquí los emisores de tarjetas sin el aval –se supone– de las corporaciones financieras que representan, esquilmando a los más vulnerables. Fácil obtendrían US$30 millardos sin sembrar la semilla del odio ni jocotear a México. Digo.

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