Sábado 23 DE Marzo DE 2019
Opinión

Treinta y cinco años

Es un aporte modesto, aunque satisfactorio para mí.

— MARIO FUENTES DESTARAC
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En 1984, fui invitado, por primera vez, a impartir una cátedra universitaria. Recuerdo que, al mismo tiempo que me sentí muy honrado por la distinción, también me embargó el compromiso y el desafío que aquello entrañaba. Y no era para menos, porque si fracasaba no solo defraudaría a quienes me habían confiado la responsabilidad docente, sino que también a los estudiantes con quienes compartiría la experiencia del proceso enseñanza-aprendizaje.

Han transcurrido 35 desde aquella feliz iniciación como profesor universitario y, año tras año, he venido renovando mi compromiso con la educación, la que, inequívocamente, es la base del conocimiento, que, a su vez, es donde reside la esencia de la información, la tecnología, la comunicación, así como de la prosperidad. Carlos Fuentes dice que “el capital productivo no crecerá sin el capital social y éste no aumentará sin el capital educativo”. A su vez, Carl Sagan expresa que “la ciencia puede ser el camino dorado para que las naciones en vías de desarrollo salgan de la pobreza y el atraso”.

Es todo un reto para un docente mantenerse actualizado no solo en cuestión de conocimientos, sino que también en las nuevas técnicas educativas, a fin de que el proceso enseñanza-aprendizaje siempre se renueve y los alumnos tengan acceso a información abundante y novedosa, así como a experiencias recientes. De suerte que el entrenamiento permanente del educador es fundamental, determinante.

Por otro lado, el maestro es un agente de cambio, porque la educación es un factor de aceleración de la transformación cultural. Por tanto, una sociedad que apuesta al futuro y que no desea rezagarse de él debe invertir con generosidad en educación y garantizar a la población calidad educativa y el acceso seguro a ella, desde la básica hasta la superior. La educación vitalicia también debe ser efectiva, porque es una tragedia que los profesionales y técnicos no se actualicen en un ambiente tecnológico cambiante.

Por supuesto, la educación debe ser universal y plural, y no elitista y excluyente. Todos deben tener acceso a los frutos de la educación y no solamente unos pocos. La sociedad exitosa es aquella que invierte principalmente en educación. Sus líderes no escatiman esfuerzos en capacitar y garantizar el acceso al conocimiento y en asegurar que éste no esté subordinado a ideologías determinadas ni a la política partidista. En todo caso, no son los recursos naturales los que hacen rica a una nación, sino su gente capaz de imaginar, crear, hacer, criticar y competir.

Sin embargo, el mayor reto de un profesor no está en proyectar su talento, su capacidad, sus conocimientos y su experiencia, ni tampoco en su éxito como transmisor de información a sus alumnos, sino que el desafío está en ser ejemplo de vida, modelo a seguir, fuente de inspiración. Turgot dice que “el principio de la educación es predicar con el ejemplo”, en tanto que Domingo Faustino Sarmiento afirma que “los discípulos son la biografía del maestro”.

Mucho he reflexionado sobre mi participación en la vida nacional y estoy convencido de que lo mejor que he hecho es compartir conocimientos y experiencias, así como sembrar el amor al estudio y el espíritu crítico en la juventud, a través de la cátedra. Nada más me da tanta satisfacción y tranquilidad conmigo mismo. Sin embargo, no solo he enseñado y compartido, sino que he aprendido mucho con mis alumnos. Un proverbio hindú dice: “Con mis maestros he aprendido mucho; con mis colegas más; con mis alumnos todavía más”.

No obstante, 35 años en esta brega de eternidades, parafraseando a Manuel Gómez Morín, es un aporte modesto, aunque satisfactorio para mí. En todo caso, créanme que es un regalo de Dios ir a clase inspirado en el pensamiento de Plutarco que reza: “Los cerebros no son vasos que hay que llenar, sino lámparas que hay que encender”.

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