Martes 25 DE Septiembre DE 2018
Opinión

El General en su laberinto

Lo bueno, lo malo y lo escabroso.

— Gonzalo Asturias Montenegro
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Ríos Montt como gobernante tuvo luces y sombras; y al final, el general quedó rehén de un laberinto del que no pudo salir. Para hablar de ese gobierno, primero situémoslo en el escenario de la época. Frente a los bancos y edificios mayores había toneles para impedir el parqueo de autos, con el objeto de evitar así que los coches bomba destruyeran las vidrieras y las estructuras de las edificaciones. La guerrilla secuestraba, y también mataba a varios centenares de no combatientes cada mes. En su accionar bélico, el Ejército no discernía entre combatientes y no combatientes. Los escuadrones de la muerte tenían derecho de matar. Y, para colmo de males, no había elecciones libres, sino manipulación de los votos. No había alcalde en 29 municipios, y en el área de mayor conflicto no operaba el 18 por ciento de las escuelas ni el 23 por ciento de los centros de salud. Habían sido asesinados dos rectores de la Usac, el presidente del Cacif, tres embajadores, 18 periodistas, 12 sacerdotes y religiosos, 81 abogados muchos de ellos jueces. La situación era del carajo.

Ahora veamos a vuelo de pájaro lo bueno, lo malo y lo escabroso del gobierno de Ríos Montt, y su laberinto. Comienzo por lo más fácil que son las luces. Me referiré a tres de ellas.

1.- En el gobierno de Ríos se fraguó el actual andamiaje político y electoral, más avanzado que el de la propia Revolución de Octubre, y también se juramentó al primer Tribunal Supremo Electoral. 2.- De un plumazo se suprimieron los escuadrones de la muerte. Por falta de espacio, no puedo aportar las estadísticas al respecto, pero cito el informe de una comisión de la OEA: “Con el desmantelamiento de esos grupos paramilitares, los que operaban principalmente en el área urbana, se ha aliviado considerablemente la violencia en la Ciudad de Guatemala y los otros centros urbanos principales”. 3.- bajo el lema de No robo, no miento, no abuso, los funcionarios y empleados públicos juraron comprometerse dentro de una eficaz campaña contra la corrupción.

En cuanto a las sombras señalo dos: 1.- el nombramiento de Jorge González como presidente del Banco de Guatemala, un tecnócrata keynesiano empecinado en mantener la paridad con el dólar, que causó un daño irreparable a la economía del país; y 2.- los mensajes moralizadores dominicales, porque en un Estado laico, ello no compete al gobernante sino a los padres y a los pastores religiosos.

Veamos ahora el tema escabroso de las masacres. En su imaginario, y así lo hizo ver en su primer mensaje, “ya no habría cadáveres en las cunetas” porque atacaría militarmente a los combatientes y llevaría a los tribunales a guerrilleros y colaboradores bajo cargos de sedición. Como ningún juez condenaría a un guerrillero, porque con ello firmaba su sentencia de muerte, creo tribunales con jueces sin rostro. ¡Considero mejor juzgarlos en vez de ejecutarlos extrajudicialmente!

Como el Ejército, enfrascado en la guerra, no estaba interesado en el juzgamiento de los insurgentes, en un improvisado mensaje dominical, Ríos expresó: “¿Qué puedo hacer yo con el subteniente que no puede entender una orden que le digo que no debe matar sino que hay un procedimiento para juzgar”. En ese laberinto, Ríos ordenó que los oficiales y la tropa llevaran una media cuartilla, con un código de ética de doce puntos, para que así todos supieran el nuevo accionar militar, en el cual se obligaba a respetar a la población civil de la que no deberían tomar “ni un alfiler”. Como sus directrices seguían sin cumplirse, aceleradamente lanzó el programa Frijoles y Fusiles, para llevar alimentos a los campesinos que en el escenario de la guerra se morían de hambre. Los frijoles deberían representar el 80 por ciento del esfuerzo y los Fusiles el 20. Y pidió que el Ejército no fuera de ocupación sino de integración con la población, para unidos combatir al enemigo común que era el hambre, la falta de salud y de educación. En parte, esto explica porqué en elecciones de nuestra era democrática, en el área de guerra, incluyendo la de las masacres, Ríos Montt obtuviera más votos que Rigoberta Menchú.

Ríos decretó amnistías para guerrilleros y colaboradores, y con las nuevas leyes políticas y electorales les abrió el campo para su futura participación política y electoral. Y así fue.

Como no tengo espacio concluyo. El general se vio envuelto en un laberinto del que no pudo salir porque la mayor parte del Ejército no entendió su propuesta y apuesta (y sigue sin entenderlo ahora). En alguna ocasión, escuché decir a Ríos que el Ejército le había ocultado información. Finalmente, como estorbaba, Ríos fue sustituido por su ministro de la Defensa.

Para una evaluación balanceada, invito a leer los mensajes públicos de Ríos y los informes de derechos humanos de la ONU y la OEA y los documentos públicos y desclasificados del Departamento de Estado norteamericano.

Finalmente, cito a Edgar Gutiérrez, un político de izquierda reconocido en el país, que esta semana escribió: “No dirigió la guerra contrainsurgente y probablemente no ordenó las masacres y el arrasamiento cruel de cientos de aldeas, cobrando la vida de decenas de miles de civiles no combatientes, incluyendo niños, ancianos y mujeres. Pero las toleró y les dio cobertura”.

Uno fue el país que recibió Ríos Montt y otro muy distinto el que entregó 504 días después. De Ríos Montt aún hay mucho que escudriñar (lo cual no le interesó realizar a la jueza Yassmín Barrios, más preocupada por reunirse, en un céntrico hotel capitalino, a comentar su fallo judicial con financistas y activistas de derechos humanos extranjeros aparentando ser juez y parte); y, en absoluto, está dicha la última palabra.

gasturiasm@gmail.com

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