Martes 11 DE Diciembre DE 2018
Opinión

Ni idolatría, ni odio; solo comprensión

“El soldado siempre lleva su mortaja, esperando el arribo de la muerte, sin aspirar a ser héroe”.

— mario mérida
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No intento glorificar el deceso del General Ríos, creo que a él no le gustaría; tampoco juzgo a quienes se alegran y embriagan celebrándola. Personalmente no me regocijé de la muerte de Rodrigo Asturias –Gaspar Ilom– (ORPA), cuya consigna era “Combates medianos: tienen efectividad en el aniquilamiento del enemigo y consolida pequeños territorios; contribuye al cambio de la correlación de fuerzas; permite a oficiales y combatientes adquirir mayores conocimientos militares” (Harnecker, M. 1980. Pueblo en Armas). Tampoco la de Ricardo Ramírez –Rolando Morán– (EGP), que planteó: “Durante el combate contra unidades enemigas –el Ejército de Guatemala–, la consigna debe ser el aniquilamiento, evaluando la necesidad y conveniencia en cada momento de utilizar el terror revolucionario (Nuestra Concepción Militar. 1980), o la del padre español Enrique Corral –Abel– (EGP), quién con los curas Fernando Hoyos alias “Carlos” y Ricardo Falla alias “Marcos” reclutaron indígenas para la guerrilla. Su instrumentalización es corroborada por Elizabeth Burgos: “El elemento religioso no se debe de descuidar, puesto que hubo sacerdotes que llegaron al grado de comandantes guerrilleros y formaron parte de la dirección del EGP, y es conocida la propensión de los indígenas a acatar los mandatos religiosos”.

Después de la firma de la paz firme y duradera –hoy inestable y nada perdurable– publiqué TESTIGO DE CONCIENCIA, periodismo de opinión documentado, en el que acepté que, firmada la paz los alzados en armas contra el Estado dejaron de serlo, es decir sus acciones perdonadas.

Sin odio recuerdo a Rodrigo Asturias a quien conocí en el primer encuentro con la guerrilla en España (1987) y ya jubilado nos encontramos nuevamente en casa de un amigo mutuo. Con Ricardo Ramírez coincidí en una reunión (1997) y al sacerdote Corral por publicaciones de prensa. El poema “La muerte de un soldado” (Wallace Stevens), sirve de corolario del presente artículo:

 

“La vida se contrae, al igual que en el otoño, se espera la muerte. El soldado cae.

 

Y… no ha de ser, personaje del momento, alimento de las comadres, que reclaman para su memoria, pompa y homenaje –yo agregaría u odio–.

La muerte es absoluta, desconoce ceremonias, como en el otoño, cuando el viento calla. Sobre los cielos se detienen los vientos, a pesar de todo, las nubes siguen su camino”.

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