Lunes 24 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Disfraz

No se puede “darle vuelta a la página” sin haberla leído.

— Anabella Giracca
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El Informe del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Guatemala 2017, no hace más que resumir la realidad en la que nos movemos. Terrible realidad. Dolorosa realidad que, al parecer, los gobernantes ignoran. ¿Puede haber algo más terrible que desconocer el hambre y la muerte de un pueblo? ¿Puede haber burla histórica peor que la de hacerse de oídos sordos?

“Guatemala sigue afectada por la desigualdad y la discriminación estructurales… Alrededor del 60 por ciento de su población sigue viviendo en la pobreza… Aproximadamente el 46.5 de los niños y niñas menores de cinco años (el 61.2 por ciento en el caso de los niños y niñas indígenas) sufre desnutrición crónica. El índice de desarrollo humano de las mujeres es inferior al de los hombres. Los esfuerzos del Gobierno para hacer frente a esta situación se han visto obstaculizados parcialmente por la corrupción”.

Efectivamente un Estado racista es aquel que permite que unos pueblos vivan menos y peor que otros. Y aquí, los gobiernos insisten en que sean los pueblos indígenas (de áreas rurales muchas veces abandonadas a su suerte) quienes viven en las peores condiciones. Este martes 3 de abril, Prensa Libre publica en una nota desgarradora: “La escasez de alimentos se agudizó en el 2017, pese a que fue cuando llovió más… Las familias la ven muy difícil para hacerse de recursos económicos, lo cual, aunado al poco apoyo del Estado y la falta de proyectos de desarrollo rural, mata las esperanzas”. Las autoridades encargadas de la seguridad alimentaria y nutricional solo han ejecutado el 8.59 por ciento de la asignación. Y, como si fuera poco, las ejecuciones vinculadas a salud o agricultura van por el mismo camino. ¿Y el Ministerio de Desarrollo Social? Ese ha ejecutado un infeliz 0.12 por ciento. Aunque usted no lo crea. No es necesario decir más.

Negar la verdad trae tristes consecuencias para una Nación. Ocultar hechos evidentes, peor todavía. Esconder nuestra basura debajo de la alfombra, un crimen social. Hemos pasado por esta historia cruel que insistimos en engavetar, una y otra vez. Negar el genocidio, por ejemplo, es desairar a pueblos enteros que luchan por esclarecer; es arrasar con dignidades; es desconocer hechos documentados. Es traicionar nuestra propia historia. Solo asumiéndola con madurez podríamos solventarnos. Porque tanto disfraz no esclarece. Oscurece más.

Dejar que mueran de hambre, sistemáticamente, niñas y niños y no hacer nada al respecto, pareciera otra forma de desaire, de alfombra repleta, de delito de lesa humanidad.

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