Jueves 17 DE Octubre DE 2019
Opinión

¿Cómo saldremos adelante sin una historia consensuada?

La muerte del General nos recuerda que al igual que ayer, el consenso entre sectores parece imposible.

Fecha de publicación: 03-04-18
Por: estuardo porras zadik

Cada individuo, familia, comunidad, sector, clase social y etnia tiene su propia opinión de la historia de Guatemala. Esta opinión se forja a partir de las experiencias que a cada quien le han tocado vivir. Inclusive, somos herederos de las experiencias de nuestros antecesores las cuales moldean nuestros ideales, creencias y actuar. Por ello, siempre y cuando una opinión nazca del seno de las experiencias vividas, se hace tan difícil desacreditarla o, para su efecto, renunciar a ella. He ahí la fuente de la polarización y el divisionismo de nuestra sociedad. Al aferrarnos a nuestras opiniones, cometemos el grave error de convertirlas en “hechos”. Es verdad que tenemos el derecho a nuestra opinión, no obstante, lo que no debemos hacer es tergiversar las pruebas, ya que de un hecho no pueden haber dos realidades. Lo que sí puede existir son experiencias diferentes a partir de ese episodio.

Por ello es imperativo contar con una historia con base en evidencias, las cuales no sean refutables por las opiniones subjetivas de los diferentes integrantes de la sociedad. Independientemente de las experiencias vividas, debemos ser capaces de darle a cada episodio histórico su justa dimensión y veracidad, que nos permita la construcción de una historia consensuada. Para lograrlo, debemos ser lo suficientemente maduros para aceptar que los “hechos”, en muchos casos, serán antagónicos con nuestra versión de la “historia”. Esta revisita de la historia seguro pondrá a prueba a muchos, ya que lo que fue aceptado como “real” por varias generaciones, pudiese estar divorciado de las evidencias y estar sustentado nada más en las opiniones fundamentadas en las experiencias vividas.

Yo no puedo hablar con mayor autoridad de la historia de Guatemala, ya que la misma es relativamente nueva para mí. Sin embargo, el conflicto armado interno salvadoreño sí lo conocí de cerca. Este lo viví como espectador, pero quienes han estado cerca de una guerra saben que inclusive el simple espectador sufre sus efectos.

Durante los años más agudos de la guerra, la mayoría de mis similares salieron del país a vivir en el extranjero. De la noche a la mañana, lugares turísticos como el afamado lago de Coatepeque, la Costa del Sol entre otros se volvieron desérticos; paraísos a disposición de quienes se atrevieran a visitarlos. Con mis padres, no sé si irresponsablemente o por no considerar la guerra como propia, nunca dejamos de frecuentarlos. Es en el lago de Coatepeque donde la vida me cambia para siempre. Todos los sábados por la tarde, hora de la siesta de mis padres, mi hermano mayor y yo nos adentrábamos en los cafetales aledaños al chalet hasta llegar a un campo de fútbol de terracería. En este pasamos momentos inolvidables con niños y jóvenes de diferentes edades, semana tras semana. Al pasar de los meses, salió en las noticias que un campo guerrillero dentro de una finca en la zona cafetalera del lago de Coatepeque, había sido desarticulado por el batallón Atlacatl al mando del Coronel Domingo Monterrosa –amigo cercano de mi padre–. Durante varios meses se nos recomendó no visitar el lago, y fue hasta que por fin pudimos regresar que supimos que ninguno de nuestros amigos había sobrevivido. Al parecer, todos formaban parte de la guerrilla.

Para algunos esta fue una masacre perpetrada por el Ejército, en la que no se diferenció entre combatientes y civiles como niños, mujeres y ancianos. Para otros, fue el Ejército de El Salvador luchando por nuestra libertad en contra del comunismo. Para mí significó la pérdida de muy buenos amigos, que conocí en la montaña. El hecho real es que ese día murieron muchas personas, pero nuestras experiencias nos llevan a dar una opinión diferente del acontecimiento. Sin consensuar una sola historia, a partir de un solo hecho, por ende de una sola realidad, seremos incapaces de avanzar. Un país sin una memoria consensuada está condenado a la polarización y al divisionismo.