Domingo 26 DE Mayo DE 2019
Opinión

Manos inocentes y puro corazón

Fecha de publicación: 28-03-18

En el Salmo 24 se expresa: ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en su recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón.

La condición para llegar a Dios es amarlo a Él y al prójimo. No verán a Dios los que odian, humillan y destruyen a su prójimo. Por el contrario, quienes propugnan por la no violencia y viven con humildad y tolerancia, entrarán al Reino de los Cielos.

Jesucristo dice: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera (Mt 11, 28-30).

El papa Benedicto XVI afirma que Jesús contrapone a las antiguas disposiciones de la Torá una nueva radicalidad de la justicia ante Dios: no solo no matar, sino salir al encuentro del hermano con el que se está enfrentado para buscar la reconciliación. No más divorcios; no solo igualdad en el derecho (ojo por ojo, diente por diente), sino dejarse pegar sin devolver el golpe; amar no solo al prójimo, sino también al enemigo.

Estamos viviendo y padeciendo tiempos de violencia homicida, de profunda descomposición social, de imposición, de crueldad, de arrogante autosuficiencia, de cinismo y de injusticia. Sin embargo, Cristo promete consuelo a los afligidos y el Reino de Dios a los perseguidos.

Tengamos presentes las palabras de San Pablo: Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados pero no abandonados; nos derriban pero no nos rematan (2 Co 4, 8-10).

Aunque estemos angustiados, perturbados y acosados, no debemos caer en la desesperanza. No debemos dejarnos llevar por la ira y la venganza, porque ello abate y destruye al ser humano por dentro.

Aun cuando no esté en nuestras manos cambiar las cosas, debemos resistir pasivamente al sufrimiento con confianza plena en Dios. San Bernardo de Claraval decía: Dios no puede padecer, pero puede compadecerse. Solo así nuestra aflicción será salvadora. El verdadero consuelo es vivir bajo la protección del poder de Dios y cobijado en su amor.

En estos días del Señor, elevemos nuestras oraciones y plegarias al Creador, pidamos con todas nuestras fuerzas que alumbre nuestras mentes y corazones, para que construyamos una sociedad en donde reine la armonía en la diferencia, el amor al prójimo y la reconciliación. Bendícenos Señor.