Miércoles 21 DE Noviembre DE 2018
Opinión

De la música de procesiones al reguetón

Del dolor y la solemne tristeza expresados en la banda sonora de música sacra y de marchas fúnebres de estos días de procesiones, los chavos pasan al reguetón sin pausa ni escala, sin reparo y sin conflicto.

— Marcela Gereda
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Tras el cortejo entre flores y aserrín, olor a copal y ese ambiente de música fúnebre, los locales que venden a los espectadores de procesiones no hacen ningún tipo de silencio, más bien socan la rocola y a retumbar Maluma en los oídos del pueblo. El ídolo de masas del reguetón, Maluma canta en Cuatro babys: “la primera se desespera, se encojona si se lo echo afuera. La segunda tiene la funda y me paga pa que se lo hunda”.

Y van chelas y va toda una chaviza que del “pentagrama doloroso” que acompaña a la Semana Santa, rebotan a Maluma que con sus letras va imponiendo en la cultura popular maneras de ser y de estar: “estoy enamorado de las cuatro. A todas les gusta en cuatro y yo nunca fallo en 24”, expresa la letra de Cuatro babys, una de las más escuchadas hoy en el mundo, junto a Despacito.

Esta canción que en otras latitudes ha levantado agrias críticas por exaltar una visión machista y degradante de las mujeres, aquí es bailada, aplaudida y cantada por la cultura de masas: “de chingar ninguna se enzorra. La pelirroja chichando es la más que se moja. Le encojona que me llame y no lo coja. Peleamos y me bota la ropa y tengo que llamar a cotorra pa que la recoja”.

En otro local de La Antigua, después de la procesión, suena La Chica de Ipanema. Es cierto que es una letra que ya cumplió 50 años y que la cultura cambia a la velocidad de la luz, pero en cuanto a la visión y expresión sobre la mujer en la música, el reguetón o trap es eso que mi amigo antigüeño dice: “la banda sonora de la degradación del mundo”.

El cantautor Pablo Milanés dice sobre el reguetón: “me parece asqueroso. No tiene ningún valor musical, ni poético, ni orquestal, ni nada. Me parece que su valor es nulo, y no solo de ese ritmo, sino de la música que se está escuchando porque hay una gran falta de valores”.  “Se están creando valores superfluos y artificiales que duran poco”.

Muchos periodistas han catalogado el reguetón como machista y misógino. Es música verdaderamente pobre, de nula lírica. Con todo y las 90 mil firmas para que el video de Cuatro babys fuera eliminado de YouTube por describir a las mujeres como meros cuerpos sin valor, intercambiables y absolutamente disponibles al servicio del deseo sexual ilimitado de los autores, el video sigue ahí.

Esta modernidad nos lleva a consumir imágenes, símbolos, personas y objetos, la función de los símbolos es satisfacer los deseos y ambiciones personales. Aquí todos somos títeres del mercado: quien ofrece su cuerpo como una imagen a consumir y quien cree tener necesidad de consumir esta y aquella imagen. Nuestros deseos no solo son pautados por el mercado (gallinero) de las redes sociales, sino que creemos estar inn por poderle dar seguimiento a los acontecimientos desde dispositivos portátiles, en un barato show de lo falso, ilusorio y efímero.

Acaso el reguetón junto a las palabras de Trump al referirse a las mujeres “grab them by the pussy” revelan la forma del mundo tal cual es. Trump se disculpó y hoy es el presidente, y en un mundo contemporáneo Maluma seguirá cantando con videos en los que Cuatro babys hacen el amor cubiertas con billetes de 100 dólares, seguirá siendo aplaudido porque la cultura de masas demanda alienadamente no pensar, asfixiarse de ego y falsedad.

Dejamos que la cultura del consumo rija nuestra ética, nuestra manera de estar en el mundo sin empacho alguno. Aplaudimos y hasta pagamos para escuchar a la banda sonora de la degradación del mundo: el reguetón.

Como señala Zygmunt Bauman: la cultura de la modernidad líquida ya no tiene que educar a nadie, sino solo tiene clientes a quienes satisfacer con deseos inventados. La función de la cultura no consiste en satisfacer necesidades existentes sino en crear necesidades nuevas, mientras se mantienen aquellas que ya están afianzadas o permanentemente insatisfechas.

El lirismo de la Chica de Ipanema –lírica y tierna en su retrato del enamoramiento de un chica semidesnuda– será solo la banda sonora de un mundo que dejó de ser. La música sacra de las marchas fúnebres será acaso ese sonido lejano y ausente evocado para postear en las redes sociales la selfie en la procesión mientras se escucha a Maluma y se reproduce la actual intoxicación de lo intercambiable y desechable.

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