Martes 20 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Captura del Estado

No es lo mismo captura que cooptación.

— Edgar Gutiérrez
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No es lo mismo corrupción, que captura del Estado. Captura del Estado no es sinónimo de cooptación de Estado. Los términos están de moda y se usan indistintamente. La diferencia radica en la evolución y complejidad de esos fenómenos que degradan la vida en sociedad y la salud de las instituciones democráticas. El sistema no es tan complejo, pero informalmente es sofisticado. Refleja la estructura de poder.

¿Por qué en los expedientes del MP y la CICIG hay más casos de grupos de poder institucional (conservadores), que de grupos contestatarios (liberales, reformistas)? Porque, proporcionalmente unos manejan mucho más el poder que los otros. Es un sesgo de funcionamiento del sistema, no de la acción penal. Los sindicatos públicos son un actor de clientelismo relevante y podrían ser materia pendiente de la justicia. En otros países se cumple la regla: Brasil, Ecuador, Argentina y, quizá próximamente, Venezuela. No hay novedad: donde hay poder, bajo estos entendidos, hay corrupción.

 Corrupción es el acto de apropiarse en lo particular de bienes públicos. Captura del Estado es el dominio de los poderes fácticos (lícitos e ilícitos) sobre ciertas oficinas públicas con el fin de facilitar sus negocios ampliados. Un ejemplo es el empleo de oficiales de seguridad para proteger a narcos. Otro es manejar oficinas sanitarias, fiscalías de delitos económicos, la SAT, la SIT y el Registro Mercantil para hacerle la vida imposible a la competencia comercial. Así, un acuerdo ministerial de 1994 libera de impuestos de importación de harina al único importador con capacidad de traer grandes volúmenes: el resto simplemente quedó fuera del mercado.

La captura del Estado es una deformación de las políticas de sustitución de importaciones de la década de 1950, vigentes hasta 1980. Tenían que proteger la producción local, en ciernes, frente a la poderosa competencia extranjera, pero los grupos beneficiados las convirtió en columpios sempiternos de donde medran, adaptados a la época, incluyendo la ola de apertura comercial que les otorgó privatizaciones y concesiones de bienes públicos, onerosas para el Estado, sobre todo en tiempos de Arzú.

La cooptación es el tercer eslabón, y difícilmente ocurre si no se han transitado los anteriores. La cooptación institucionaliza, legaliza los intereses particulares. Ocurre a través de acuerdos de ministerios o gobierno, pero sobre todo del Congreso. Una vez ocurre, no hay necesidad de corromper ni de capturar, simplemente vigilar que la norma se cumpla. Claro, antes, hay que corromper y capturar.

El rango de quienes podemos cometer actos corruptos es amplísimo. Casi nadie se salva en un régimen sin cultura de legalidad. La captura del Estado reduce el abanico de usuarios a quienes acceden temporal (altos funcionarios) o de manera permanente (corporaciones y grupos fácticos, financistas) y condicionan, para su beneficio, acciones específicas de las oficinas de gobierno. Por ejemplo, presentar demandas espurias para perseguir a un competidor a quien no se le puede derrotar en el mercado (típico en la Fiscalía de Delitos Económicos del MP) o impedir el libre mercado con barreras arancelarias o no arancelarias, y a la vez tienen llave en la opinión pública para hacer valer sus intereses, antes de que el juez (otro nodo de captura) decida oficialmente.

En conclusión, la arena de lucha contra la corrupción es amplísima; la de captura de Estado mucho más acotado y la cooptación, para un puñado con capacidad de generar hegemonía, es decir, aceptación pública.

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