Miércoles 20 DE Junio DE 2018
Opinión

Peligroso endurecimiento de actitudes

La coyuntura exige diálogo, diálogo y más diálogo.

— MARIO FUENTES DESTARAC
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Me preocupa sobremanera la espiral de intransigencia, confrontación y polarización que se está posicionando y alentando en nuestra sociedad, acicateada por la descalificación, la injuria y la canallada, que está enrareciendo la convivencia social y el clima de negocios.

Sin duda, la madurez sociopolítica de una comunidad se mide por el grado de tolerancia, que se traduce en respetar y soportar las ideas, opiniones, pensamientos, creencias, acciones o prácticas de los demás cuando son opuestas o distintas a las propias.

La diferencia es una cualidad, característica o circunstancia inherente a la naturaleza y a la vida misma. Porque hay diferencia existe especie, diversidad y variedad, que deben ser vistas como una fuente inagotable de riqueza y no como un signo para la discriminación, la frustración, el odio, el abuso, la desconfianza, la insolencia o la confrontación.

La tolerancia implica la armonía en la diferencia (incorporada en la Declaración de Principios sobre la Tolerancia de UNESCO), es decir la posibilidad de la convivencia en paz, la comunicación eficaz y el diálogo, así como la resolución no violenta de las disputas. Si bien la democracia republicana supone el debate y la competencia, que se contraponen a la concesión, la indulgencia y la condescendencia, también exige respeto al prójimo, al otro, que es el reconocimiento, la aceptación, el aprecio y la valoración de la dignidad, cualidades y derechos de los demás.

Podemos estar en desacuerdo con alguien, incluso con vehemencia, pero jamás caer en la tentación de denigrarlo, demeritarlo, descalificarlo, insultarlo, aherrojarlo, oprimirlo, desterrarlo o, peor aún, destruirlo. Me puede disgustar una persona, lo que piensa, lo que hace, lo que dice, lo que escribe, lo que propone o su manera de ser, pero eso no me da derecho para discriminarla, avergonzarla, ofenderla, despreciarla o violentarla de cualquier manera. Voltaire decía: “No comparto tu opinión, pero daría mi vida por defender tu derecho a expresarla”, lo cual se ha interpretado como un verdadero homenaje a la tolerancia.

La intolerancia ha sido el germen de confrontaciones, conflictos, violencia, guerras e injusticias a lo largo de la historia de la Humanidad. Sin duda, la intolerancia fue la causa del enfrentamiento armado interno en nuestro país (1960-96). Suprimir al diferente, al que se opone a lo que digo o hago, a quien odio, recelo, rechazo o envidio, es la marca de la intolerancia.

Veo con desánimo el resurgimiento impetuoso del engreimiento, de la arrogancia, de la incomunicación, del abuso y de la imposición. Los espacios de discusión y la negociación respetuosas, regidas por la verdad, la transparencia, la buena fe y la objetividad, se están reduciendo rápidamente. Abunda la ausencia de honestidad intelectual en el intercambio de ideas y se echa mano con facilidad de la simulación, del cinismo y del engaño. Los discursos y los escritos incendiarios y envenenados están a la orden del día.

En todo caso, debe tenerse presente que la hoguera de la intolerancia es el mejor caldo de cultivo para la opresión y el despotismo. Por tanto, deberíamos apostar, con todas nuestras fuerzas, por la conciliación de intereses, por armonizar las posiciones encontradas y por la negociación abierta, transparente y objetiva. La coyuntura exige diálogo, diálogo y más diálogo. Los problemas de la democracia se resuelven con más democracia.