Lunes 20 DE Mayo DE 2019
Opinión

La ineludible presencia de las ideologías

La urgencia de las situaciones y la creciente complejidad de los escenarios, incentivan la creencia de que la actual lucha contra la corrupción va más allá de la ideología.

Fecha de publicación: 08-03-18
— Jorge Mario Rodríguez

La tragedia del grado de polarización que vive la sociedad guatemalteca es síntoma de una crisis profunda cuyo núcleo se encuentra en dinámicas globales de poder sobre las cuales tenemos un control nulo. Esta crisis es de tal envergadura que en ella se manifiesta esa tensión en la que mientras lo viejo muere, lo nuevo no termina de nacer, un período que el gran Antonio Gramsci veía propicio para que se manifestasen “síntomas mórbidos” –una idea a través de la cual el sociólogo alemán Wolfgang Streeck interpreta la crisis final del capitalismo.

En efecto, una serie de elementos patológicos oscurecen el horizonte mundial. El remanso global del triunfante liberalismo predicho por Francis Fukuyama a finales de los años ochenta del siglo pasado se ha revelado un océano con frecuentes y simultáneas tormentas. La ultraderecha, regresiva y arrogante, fomenta un ambiente de violencia en el que un enfrentamiento nuclear ya es una probabilidad escalofriante. Ante la inminencia de la catástrofe ambiental, se insiste en políticas económicas suicidas cuyos costos serán pagados con el sufrimiento de generaciones que ya se encuentran entre nosotros.

Se precisa, por lo tanto, de sistemas coherentes de ideas que abran un horizonte para un mundo al borde del abismo. En nuestro país, sin embargo, la urgencia de las situaciones y la creciente complejidad de los escenarios, incentivan la creencia de que la actual lucha contra la corrupción va más allá de la ideología. Esta creencia, sin embargo, es cuestionable. En particular, no se puede recuperar el Estado sin un conjunto de ideas que delinee el rumbo por el que debe discurrir el aparato estatal recuperado.

La terrible crisis nacional no puede ser planteada como una lucha no ideológica contra las estructuras estatales de la corrupción, puesto que la actual fase del capitalismo es un gigantesco esquema de corrupción que va desde la obsolescencia programada hasta el algorítmico saqueo de los bolsillos de los consumidores. Poco sirve un mea culpa por parte del empresariado nacional cuando no existe una decisión de aceptar los retos que plantea escapar de un modus vivendi económico que solo puede subsistir precarizando más a la gran mayoría de nuestra sociedad.

Desde luego, no se puede negar que sigue presente ese sentido negativo de la ideología como distorsión discursiva, pero las capacidades reflexivas siempre han tenido la capacidad de delinear sistemas de ideas coherentes capaces de guiar la acción. Casi por definición actuar con racionalidad supone actuar con base en mejorables marcos conceptuales, enriquecidos por la apertura cultural, emocional y espiritual, los cuales permiten responder a las preguntas que la situación impone: De la forma en que se conciba al ser humano, por ejemplo, se deriva una concepción de la organización del mundo social. En otro sentido, el mero hecho de considerar la propiedad privada o la libertad negativa como valores absolutos ya es una posición ideológica, vale decir, desmentida por los hechos.

La lucha por recuperar las estructuras de la vida colectiva, pues, tiene un sentido ideológico, se quiera o no. En este contexto, la distinción entre derecha e izquierda está lejos de ser pasado puesto que permite ver que el mundo se está desplazando hacia la ultraderecha populista. Por lo mismo, la izquierda del siglo XIX no es la misma que la del XXI. Subsiste, sin embargo, el deseo por emancipar al ser humano de la deriva irracional del capitalismo terminal.