Lunes 15 DE Julio DE 2019
Opinión

Novatez crónica e insensatez aguda

Necesidad de un Presidente ausente

Fecha de publicación: 01-03-18
Por: Edgar Gutiérrez

Cuando finalmente el país parece ver una luz al final del túnel, ciertas autoridades desatan tormentas inútiles. La luz al final del túnel podría ser la Ley de Aceptación de Cargos (que existe en casi todos los países, donde la ley no es la serpiente que pica solo a los descalzos). Esa ley bajaría angustias que ahora distraen de lo principal, contribuiría también a descongestionar la cadena de justicia que tiene un sobrecargo sin precedentes, y, enmarcada en la filosofía de justicia transicional, ofrece una oportunidad que nos negamos en el periodo posconflicto de practicar una pedagogía social en la cual cada quien asume sus responsabilidades del pasado y sigue hacia adelante aprendiendo a hacer las cosas de diferente manera.

Alguien de provincia me dijo hace poco que Jimmy Morales haría un gran bien al país si está ausente. Mejor dormido que de viaje, para que no haya gastos onerosos del erario público. El análisis de este amigo es que Jimmy Morales padece novatez crónica e insensatez aguda. Lo que se avanza mientras está ausente, se pierde cuando habla en público o al tomar decisiones. Con un buen gabinete, integrado por cuadros técnicos eficientes, sería suficiente para que cada quien haga lo que le corresponde y las ramas de la administración central se muevan en automático. Hay que renunciar a la pretensión de alcanzar políticas de Gobierno, porque no hay gobierno ni nadie que articule ni proporcione coherencia, ni siquiera sectorialmente.

Al volver la vista sobre los últimos seis meses, tiene sentido aplicarle a Jimmy Morales el refrán: “Más ayuda quien no estorba”. Dificulta la coordinación interinstitucional con el MP, pues está resentido con la fiscal general, quien ejecuta su mandato con independencia. Quiere echar del país al comisionado que hizo de la CICIG la herramienta más eficaz de cooperación internacional en la lucha contra la corrupción, debido a que no se hizo de la vista gorda con él ni con su familia, frente a las evidencias del delito. Le quitó el habla al PDH porque actúa como auténtico defensor del pueblo, y no de él ni de los diputados.

Por si fuera poco, dispara a los pies de su propio gabinete despidiendo al ministro de Gobernación, quizá quien más confianza generaba entre sectores muy diversos, como empresarios, los manifestantes de la Plaza y la cooperación. Se deshizo de un buen canciller, acto seguido vino el desgrane de diplomáticos de carrera de gran valor para el país, y se desató la antipolítica exterior. Su ministro de Economía venía haciendo un indispensable trabajo de reingeniería institucional, y lo sacó. También echó al superintendente que hizo de la SAT una recaudadora de impuestos como corresponde a un país serio. Y ahora desprestigia al Ejército tendiendo un manto de tolerancia a un alto mando de su primer círculo con orden de captura.

La cadena de la insensatez siguió esta semana con la destitución del director general de la PNC y de su equipo, quienes superaron su propia leyenda con una buena gestión. Quienes le reconocen están más allá de las elites. Se escuchan en los micrófonos abiertos de las radioemisoras, entre la gente de a pie en la capital y los departamentos, y dentro de la propia Policía. ¿Podría generarse peor ambiente para debatir con madurez y sensatez una necesaria Ley de Aceptación de Cargos? El Congreso tampoco ayuda y la sombra del viejo alcalde sobre Jimmy Morales y su hijo presidiendo la Junta Directiva cierra por momentos esa luz que se asoma al final del túnel, o al menos de este trecho del túnel.