Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Estragos por la Coca Colonización

Hace tiempo que las consecuencias de esta pésima alimentación, demasiado rica en grasas o en azúcar, preocupan a la comunidad científica.

— Marcela Gereda
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Como siempre cuando no tengo cómo llegar a algún sitio, llamé a D, el taxista que sin hacerle preguntas cuenta toda idea que se le cruce por la cabeza. Uno de esos “informantes claves” al que todo antropólogo quiere acceder dada su filuda observación de la realidad.

Me llamó la atención que en vez de llevar una botella de Coca Cola, llevaba agua de coco, solo dije qué onda. Y preocupado me dijo: “es que viera seño que esta nueva manera de comer nos está haciendo estragos. Ya van diez con diabetes en mi familia. Comen “Pollo Granjero” o “Coca Cola, creyendo que eso es alimento”.

Con la llegada de la era “Moderna”, nos llegó también un cambio cultural en la forma en que nos alimentamos: una adicción a la azúcar refinada, harinas, comidas industriales y procesadas y un definitivo exceso lipídico.

Vemos que por cualquier rincón del mundo hay drogas legalizadas como lo son el café, y el azúcar.  Es decir, sustancias que no tenemos “necesidad” de consumir desde el punto de vista fisiológico, pero que sin embargo consumimos por ser estimulantes.

El tema de la adicción a esas comidas procesadas y azúcares refinados pareciera ser un asunto de calculada desinformación por parte de las transnacionales que nos embaucan en este deterioro de la salud global.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) alertó que entre 1992 y 2002 se duplicó el consumo de Coca-Cola en los niños latinoamericanos, lo que ocasiona graves problemas de sobrepeso y desnutrición.

El relator de Naciones Unidas, Olivier de Schutter, señaló que en una sola década, tras la puesta en marcha del TLC, se duplicó  el consumo de refrescos entre la población infantil y se contrajo la ingesta de fruta en muchos países de América Latina y que ha causado verdaderos estragos por esta actual “Coca-Colonización” del mundo.

“Lo que sucede en Latinoamérica es que cada vez más, las frutas y verduras se están exportando a los mercados de alto valor –Canadá y Estados Unidos– y la población tiene dietas de comidas muy procesadas con alto contenido en grasas, sal y azúcar”, afirmó De Schutter.

Otto H. Warburg, premio Nobel en 1931 descubrió que “la causa principal del cáncer es el reemplazo de la respiración con oxígeno en las células normales del cuerpo por la fermentación del azúcar”.

Hace tiempo que las consecuencias de esta pésima alimentación, demasiado rica en grasas o en azúcar, preocupan a la comunidad científica. La diabetes, el cáncer o las enfermedades cardíacas, causan cada año 16 millones de muertes prematuras en el mundo.

Un estudio señala que en Estados Unidos, “el 80 por ciento de los alimentos vendidos en los supermercados contienen azúcares”. Uno de cada dos estadounidenses tiene prediabetes por la dieta que llevan tan rica en carbohidratos refinados y ese aditivo que se utiliza para todo: el HFCS (High Fructose Corn Syrup).

Dice Gary Taubes, en su libro The Case Against Sugar “en cualquier población que comience a comer la dieta occidental (Coca-Colonización) y comienza a vivir estilos de vida occidental llega también la epidemia de diabetes”.

“Al explotar el consumo de azúcar en Estados Unidos e Inglaterra con la Revolución Industrial y con la industria de bebidas azucaradas y el crecimiento del acceso al chocolate, tartas y helados se inició una ola de diabetes, al expandirse el azúcar por el globo también se expandió la diabetes. Los azúcares, fructosa de jarabe de maíz son causas de la diabetes y obesidad. No es porque comemos mucha de esta azúcar, sino porque estas tienen un efecto psicológico, metabólico y endocrino en el cuerpo que disparan estos desórdenes. Estos azúcares no son toxinas a corto plazo, sino que hacen su efecto al consumirlas por años y de generación en generación. En otras palabras las madres pasan este problema a sus hijos de acuerdo a lo que comen mientras el bebé está en el útero”.

El Estado debe de velar por una política pública en nutrición que proteja a la población para que más gente sea consciente de eso que sabe mi amigo taxista; volver a la dieta de productos naturales y dejar de consumir comida procesada, que está degradando la vida de millones de personas en el mundo.

Acá la onda no es “aprender a comer”. Se necesita de una política pública sanitaria que advierta a la población de una toxina de la que abusan las industrias porque saben sus efectos adictivos. Y nosotros debemos exigir leyes para prohibir la publicidad en comida chatarra y bebidas azucaradas dirigida a menores de edad para que nos dejen de dar atol con el dedo.

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