Miércoles 20 DE Junio DE 2018
Opinión

Caída fatal

Afortunadamente, podemos pensar, esta es solo una serie de las redes para nuestro entretenimiento.

— Roberto Blum
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Espejo negro es el título de una popular serie de Internet, cuyos temas tienden a ser distópicos. En ella aparecen tecnologías ya hoy existentes, en sociedades muy parecidas a las nuestras, con resultados asombrosos y nada agradables: verdaderas distopías.

En el lejano pasado, diversos pensadores imaginaron sociedades casi perfectas. Utopías que contrastaban con las duras realidades existentes: Platón, Agustín, Moro, Campanella, Swift, Cabet y Owen son algunos de los más conocidos constructores de sociedades ideales. En los dos últimos siglos, la tendencia se revirtió y, quizás como reacción a la ideología del progreso, se han elaborado las distopías más diversas: sociedades en las que el poder político y económico y la tecnología desbocada someten brutal o sutilmente al hombre hasta destruirlo. En esta línea encontramos autores como H.G. Wells, George Orwell, con su 1984, Aldous Huxley y su Mundo feliz, la novela Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, y Naranja mecánica, de Anthony Burgess, entre muchas otras sociedades imaginadas.

En esta dirección distópica encontramos el episodio Caída fatal, que forma parte de la serie Espejo negro. En ella se describe una muy bella sociedad –sus personajes son jóvenes perfectamente bellos– en la que todos son evaluados minuto a minuto por sus conocidos y por todos aquellos con quienes tienen cualquier contacto social. Los asistentes inteligentes que casi todo el mundo tiene son el medio para dar o quitar puntos de crédito social. Estos tienen consecuencias muy reales en sus vidas. El puntaje personal determina no solo el estatus, sino qué tipo de bienes y servicios se pueden obtener. Los puntos acreditados serían el equivalente de nuestro dinero actual. Afortunadamente, podemos pensar, esta es solo una serie de las redes para nuestro entretenimiento.

Sin embargo, esa misma realidad nos está alcanzando ya. En China se experimenta con un sistema de créditos sociales que “allá se conoce con el anodino nombre de “crédito social”. El sistema está diseñado para alcanzar a todos los rincones de la existencia personal. Supervisa el comportamiento de cada consumidor individual, sus conductas en las redes sociales y lleva cuenta detallada de las infracciones en el mundo real, tales como multas por exceso de velocidad o disputas con los vecinos. Luego integra todo en un solo puntaje de “sinceridad”, determinado algorítmicamente. Así cada ciudadano chino recibirá un índice literal y numérico de su confiabilidad y virtud social, y este índice bloqueará o desbloqueará todo”. Nada ni nadie escapará a ese gran panóptico tecnológico.

Al final del siglo XVIII, el pensador inglés Jeremy Bentham diseñó el Panóptico como el modelo más eficiente de cualquier prisión. “Como los vigilantes no pueden ser vistos, no necesitan estar en servicio en todo momento, dejando efectivamente la observación de la conducta de los prisioneros a los propios prisioneros observados”. Está claro que las nuevas tecnologías, probadamente más eficientes, permiten maquilar el trabajo y facilitar la organización y el control de los procesos sociales. La dirigencia china ha decidido aprovecharlas y mejorar así la eficiencia del control social que espontáneamente se da en toda sociedad. Sin duda, si el modelo chino resulta ser exitoso, podemos esperar que su ejemplo se difunda por todo el planeta, acercándonos más y más a esas distopías imaginadas.

Los amantes de la libertad debemos preguntarnos con urgencia si ese control social eficiente y total, mediante el panóptico tecnológico, vulnera o no nuestras libertades fundamentales y, si así lo es, qué podemos hacer para evitarlo. Esto ya no es una simple fantasía distópica.