Lunes 21 DE Mayo DE 2018
Opinión

El rincón de Casandra

Del amor al desamor.

— Jacques Seidner
Más noticias que te pueden interesar

Los enamorados creen entenderse y que se comunican con toda sinceridad. Nada menos cierto. El mundo de los que se aman sigue siendo un gran misterio, una gran controversia. Veamos la interpretación que le da al tema el poeta francés Baudelaire (1821-1867) con su talento singular.

Poema en prosa.

“¡Ah! ¿Quiere usted saber por qué la odio tanto ahora? Le será sin duda más difícil entenderlo que a mí explicárselo ya que es usted el más claro ejemplo de impermeabilidad femenina que se pueda concebir.

Habíamos pasado juntos un largo día de amor que me había parecido corto, nos habíamos prometido entonces que nuestros pensamientos nos serían comunes en todo y que nuestras dos almas se fundirían irremediablemente en un crisol único –sueño que no es en sí nada original puesto que sigue siendo deseado por muchas parejas y nunca logrado por ninguna…

Al final de la tarde un poco cansados nos instalamos en la terraza de un café recién inaugurado. El café brillaba con todo su esplendor y estaba organizado para servir la glotonería de los comensales.

Justo frente a nosotros, en la banqueta, se hallaba parado un hombre, de unos cuarenta años, de aspecto cansado, con un niño tomado de la mano y sosteniendo en brazos a otro ser demasiado débil para poder aún caminar. Todos ellos en harapos.

Estos tres personajes estaban extraordinariamente serios y esos seis ojos contemplaban fijamente el café recién inaugurado con igual admiración aunque matizados por la edad. Los ojos del hombre decían: ‘¡Qué bello, qué bello!, se diría que todo el oro del mundo se ha concentrado en ese lugar’. Los ojos del pequeño infante: ‘¡Qué bello, qué bello!, pero es un lugar en donde solo pueden entrar gentes que no son como nosotros’. En cuanto a los ojos del más pequeño estaban demasiado fascinados para mostrar otra cosa que no fuese una admiración estúpida y profunda.

Los cancioneros pregonan que el amor vuelve al alma buena y suaviza el corazón. La canción tenía razón en cuanto a mí. No solo estaba yo enternecido por esa familia de ojos, pero también un poco avergonzado de nuestros vasos llenos más grandes que nuestra sed. Fue entonces que con ese sentimiento busqué tu mirada, amor mío, para leer ‘mi pensamiento’ en tus ojos tan bellamente verdes y de mirada extrañamente dulce, cuando inesperadamente me dijiste con voz irritada poco habitual: ‘Esos mendigos me son inaguantables con sus ojos abiertos como zaguanes. ¿Podrías pedirle al mesero del café que los aleje de aquí?’…

¡Y es así como el pensamiento es incomunicable aun entre seres que se aman!”