Miércoles 15 DE Agosto DE 2018
Opinión

Religión e impunidad

El pacto de corruptos pretende revivir la conquista con la espada y la cruz.

— Anamaría Cofiño K.
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A lo largo de la historia, figuras de alto nivel, desde papas hasta curas insignificantes, han cometido atrocidades contra población indefensa, léase niñez, mujeres y pueblos indígenas, sin recibir castigo. Muchos creyentes se escudan en textos sagrados para cometer todo tipo de delitos, desde las violaciones en la familia, hasta los desfalcos en el Estado. En el nombre de sus dioses, han perpetrado genocidios. No es casual que entre personas librepensadoras y críticas, el rechazo a la hipocresía y los abusos de fanáticos religiosos vaya en aumento.

La cultura religiosa, patriarcal por excelencia, considera a las mujeres como criaturas inferiores, destinadas para el servicio y la procreación. Desde este principio misógino, ha bendecido la discriminación que vulnera a las mujeres, y el uso de la fuerza como forma de imponer el dominio sobre sus cuerpos. Recientemente en este Congreso de la impunidad, se han presentado propuestas de ley como la 5272, que pretende prohibir nuestro derecho humano a sexualidades libres e informadas, inundando el imaginario social con prejuicios e ignorancia, dándole sustento a modelos retrógrados de sociedad.

El fundamentalismo como manifestación del pensamiento sectario, unívoco en su interpretación sesgada de la letra, es el dogma que sostiene la corrupción y la impunidad. ¿Por qué? Porque construye rebaños obedientes que aceptan el predominio de entidades superiores incuestionables; impone la subordinación humana, justificada en lo divino; acepta la injusticia y tolera la explotación, con la esperanza de un más allá inexistente. Niega el acceso al conocimiento para controlar mentes, corazones y bolsillos.

Los criterios religiosos no pueden ni deben aplicarse en la toma de decisiones de Estado porque responden a visiones particulares del mundo, y eso se traduce en discriminaciones y limitaciones. Ocupar un puesto público implica actuar en función del bien común, no obedecer los mandatos de una ideología. La espiritualidad, como la sexualidad, son derechos que se ejercen en libertad, no se pueden imponer.

La impunidad, entendida como la continuidad del crimen, como la violación de la justicia, frecuentemente encarna en gente sin escrúpulos, señalada de cometer delitos, que sigue actuando solapada por el sistema, como muchos de los exfuncionarios cautivos y sus secuaces fugitivos que, además, dicen ser respetuosos de dios. Ver a perversos farsantes, como Jimmy Morales y Trump, postrados en oración, da escalofríos y vergüenza ajena. Nadie con dos dedos de frente puede creer que estos truhanes tengan buenas intenciones ni mucho menos conciencia social. Por sus obras los conoceréis dicen que dice. Tipos que mienten, roban y actúan como viles machos, no pueden respetarse como hombres de bien, mucho menos como funcionarios públicos.

Cuando las creencias religiosas se ponen al servicio de la corrupción y el poder de las iglesias se une al de los dictadores, es tiempo de poner luces de alerta. El fascismo y las guerras han tenido como preámbulo un incremento en la práctica de fervores nacionalistas, acompañados de vírgenes, santos y cruces.