Lunes 17 DE Febrero DE 2020
Opinión

Las sombras de la democracia

El nivel de corrupción que existe no es ficción, es una tragedia pura y dura que se puede solucionar enfrentando la problemática con integridad y voluntad política.

Fecha de publicación: 30-01-18
Por: Amílcar Álvarez

Para no estar a merced de clarividentes y pitonisas el Presidente debería estudiar y evaluar la situación del país en forma objetiva y ver las cosas como son no como se las pintan, relegando las afectaciones emocionales y los intereses creados de sus nuevos amigos que suelen aflorar en estos casos, alejándose de turbulencias innecesarias. Sin contrariarse al escuchar criterios diferentes debe convertirse en un consumidor inteligente de las opiniones que no coinciden con sus deseos, actitud que le permitirá comprender que ayudar a una clase social a expensas de otra perjudica a todos, y tener presente que los objetivos que persiguen las sociedades acertados o erróneos, no pueden ser resueltos por la casualidad o la impaciencia. Para no seguir atrapados en el atraso y la inmovilidad, es indispensable ejercer el poder con una mentalidad dinámica marginando las ambiciones personales y evitando caer en los brazos de la corrupción, buscando soluciones pragmáticas a los problemas sociales en un marco legal estable. A los gobernantes siempre los siguen sombras invisibles con intereses políticos, económicos, religiosos, etcétera, siendo una incógnita el límite de las ambiciones pero no las consecuencias para la sociedad, afectada al explotar los escándalos de corrupción que florecen en nuestras narices por ver a otro lado y hacernos los locos. Las mafias manejan su verdad envuelta en un fanatismo que nada tiene que envidiarle al religioso, desinformando perversamente en los medios digitales y tradicionales para lograr sus fines aviesos. El costo de la corrupción es inconmensurable, no digamos sus efectos devastadores en la sociedad al vulgarizar los principios, dejando de cultivarse los valores cardinales y sociales al comercializar los ideales subordinándolos al dinero, perdiéndose el respeto a la ley fundiéndose o confundiéndose el poder político con el económico.

Guardando las distancias, la situación que vivimos es similar a la que enfrentó Italia en las últimas décadas del siglo pasado al cooptar la mafia el Estado, al grado que fue necesario empezar de cero. Sin contemplaciones enjuiciaron y condenaron a penas severas de prisión a más de 4 mil mafiosos y socios, incluyendo políticos y empresarios de abolengo desapareciendo los partidos más importantes de la época: Democracia Cristiana y Socialista. En nuestro caso, para resolver la grave crisis social económica y política endémica que nos agobia, la reingeniería del Estado debe ser total desmantelando la red de corruptos que lo esquilman sin piedad. Lo lamentable es que el Presidente no cumpla sus obligaciones involucrándose en forma clara y categórica en un proceso de esa magnitud, generando incertidumbre y suspicacias posibles arreglos bajo de agua, sin entender qué clase de asidero ético puede tener semejante conducta, alimentando una crisis generalizada que se refleja en la economía familiar y del país, sin admitir que la tranquilidad social no la da el dinero sucio. El nivel de corrupción que existe no es ficción, es una tragedia pura y dura que se puede solucionar enfrentando la problemática con integridad y voluntad política, buscando un cambio cualitativo sin pretender enseñarle a vivir a un pueblo que sabe administrar sus valores en la adversidad y domesticar la miseria, resistiéndose a ser aliado y rendirle pleitesía a los nuevos dueños del Estado. En ese contexto, es impostergable fortalecer las instituciones desmantelando la mafia incrustada hace décadas en una lucha sin cuartel, evitando que en el futuro la plutocracia imponga que un vendedor de pollos o un coleccionista de tortugas presida el gobierno. Si no actuamos con firmeza y convicción se formarán torbellinos que no sabemos a dónde nos llevarán. La única certeza que tenemos es que solo surgirá el rostro de la verdad y se caerán las máscaras, si dejamos de ser espectadores del drama que vivimos hablando el lenguaje natural de los pueblos elegidos por el destino para ser libres, resistiendo con dignidad la perversión del poder arbitrario que en Guatemala forma parte de un capítulo de la historia que nos llena de vergüenza.