Jueves 18 DE Enero DE 2018
Opinión

La partida y el recuerdo

Si queremos cambiar la situación de nuestro país, debemos entender que nuestra riqueza está en que todos somos diferentes y que cada uno es superior en algo, a todo el resto de la población mundial.

— Jaime Arimany
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El ser humano pasa inevitablemente por varios acontecimientos durante su vida, algunos buenos, alegres y otros malos, tristes; desde niños tenemos preocupaciones, entre ellas está la posible ausencia temporal o definitiva de seres queridos; el domingo pasado me tocó uno de ellos, que de alguna manera en el fondo de nuestro ser sabíamos que un día ocurriría. La preocupación surge desde que nacemos, al principio por la necesidad y la costumbre de nueve meses de relación completa y después, durante algunos años, por la dependencia en la alimentación, el calor de la compañía cercana y el amor más puro que puede haber entre dos personas.

Cuando ocurre la muerte, a la mente acuden recuerdos de miles de situaciones que se vivieron con aquella persona y que han influido en nuestra vida, tanto de una manera positiva como negativa; en el primero de los casos, la enseñanza de amar a quien debemos más amor, a quien nos enseñó pedirle y aceptar que no siempre se cumplirán nuestros deseos sino los de Él, tenerle confianza y reconocer que es dueño, amo y señor de todo lo que existe; a exigirnos el cumplimiento de sus leyes y normas, lo cual se inicia en ese presente y da continuidad en el acontecer diario de la vida, acompañado con la esperanza de un bienestar futuro, que se apoya en la educación recibida y se complementa con la experiencia, pudiendo establecer si estamos actuando correctamente; ello conlleva la exigencia de apoyarnos en las disciplinas necesarias para llevar a cabo las acciones que hemos decidido realizar, aceptar que somos humanos y que por ello podemos cometer errores. En el segundo de los casos, se involucran las acciones que realizamos de una manera negativa, debemos aceptar que pueden tener origen en el descuido o amparado por un amor equivocado que nos permitió, algunas veces sin darse cuenta, el realizar acciones incorrectas, soportadas por las equivocaciones cometidas en la enseñanza y exigencia de la disciplina.

En mi caso particular y en el de mis hermanos, el domingo pasado tuvimos la pérdida presencial humana de nuestra madre, después de 96 años de vida, sus enseñanzas dadas con paciencia, sabiduría, e inclusive con equivocaciones, fueron lanzadas con todo amor con un estilo diferente a cada uno de sus siete hijos, las cuales se han proyectado a nietos, bisnietos y llegando a las tataranietas a través de sus madres.

Por ello puedo decirle a mi madre, querida Marina, ya te reuniste con mi papá, tal como siempre dijiste que querías “porque él te estaba esperando” tus descendientes te amamos y sabemos que el día en que llegaremos con ustedes, por la magnitud del tiempo, es mañana.

En el mundo social de la acción humana, sucede algo semejante ya que, por ser seres inteligentes, del mismo origen, tenemos muchas características iguales, así como variaciones en nuestros pensamientos, influenciados por las diferentes enseñanzas morales y de conocimiento recibidas desde la niñez, acompañadas por situaciones económicas diferentes.

Si queremos cambiar la situación de nuestro país, debemos entender que nuestra riqueza está en que todos somos diferentes y que cada uno es superior en algo, a todo el resto de la población mundial, por diferentes combinaciones de características, tanto físicas como espirituales, por ello todo ser humano es único en el Universo, no hay dos iguales, implicando que su valor no tiene límite, siendo confirmado indirectamente en el mandamiento de Nuestro Señor “Amad al prójimo como a ti mismo”.