Jueves 18 DE Enero DE 2018
Opinión

La enfermedad de las democracias

La democracia como sistema de gobierno, sin hombres virtuosos, no tiene futuro alguno.

— Roberto Blum
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Los sistemas políticos democráticos del mundo parecen estar en grave peligro. Cada día hay nuevos signos de ello. Muchos gobernantes democráticos o son corruptos o son incapaces. El gobierno se percibe como una piñata, a la que pocos son invitados. Y solo estos pueden aprovechar para sí la bonanza del manejo de los recursos colectivos. Llegar al gobierno es como ganarse una lotería trucada. La palabra responsabilidad parece que hubiera dejado de existir. Y es que, la democracia como sistema de gobierno, sin hombres virtuosos, no tiene futuro alguno.

En sus orígenes, la democracia requería la participación de los ciudadanos libres, los eleuteros. Estos hombres, miembros de sus comunidades naturales –la familia, la tribu y la ciudad– nunca se sintieron individuos aislados, sino parte activa de un orden natural. Tal era el ideal entre los griegos y los romanos en el mundo clásico. También los bárbaros que invadieron el mundo mediterráneo tenían tradiciones semejantes. El hombre libre siempre era parte de su comunidad. Nunca estaba solo. Nunca era un ser aislado.

Durante el largo periodo medieval, unos mil años, se fue construyendo gradualmente el individuo moderno. Este es un ser biológico, homo sapiens, que va adquiriendo conciencia de su radical individualidad. El proceso fue lento. La comunidad religiosa dominante, la Iglesia universal, inició un proceso de enseñanza individualizadora. Les exigió a los hombres y mujeres la práctica de la confesión individual anual, lo que a su vez requería el previo examen de conciencia. Así, los individuos tuvieron que aprender a sumergirse profundamente en su propio cuerpo. A distinguir lo de dentro y lo de fuera. Sin embargo, la propia Iglesia, que con su enseñanza los individualizaba, terminaba atándolos a la comunidad de los fieles. El cristiano medieval, siendo ya un ser nuevo, seguía siendo todavía una parte de la comunidad universal.

Las ideas de Maquiavelo y Lutero en los siglos quince y dieciséis, y de Locke en el diecisiete, rompen con la concepción comunitaria de la libertad. En adelante, el hombre libre solo debe responder a sí mismo de sí mismo. Nada lo ata, sino su propia e individual conciencia. Él solo decide acerca de lo bueno y de lo malo. El egoísmo es virtud y el altruismo, vicio.

Algunos autores creen que la enfermedad evidente de las democracias actuales es resultado del individualismo radical y de la brutal meritocracia que parecen ser el ambiente predominante en nuestras sociedades. Así, sugieren estos autores, terminamos con una sociedad atomizada, desconfiada y dividida.

En su libro Why Liberalism Failed, Patrick Deneen sugiere que la democracia liberal ha traicionado sus promesas. Se suponía que este régimen debía promover la igualdad, pero ha conducido a una gran desigualdad y a una nueva clase aristocrática. Se suponía que debía dar a la gente común control sobre el gobierno, pero, cada vez más, las personas promedio se sienten distantes y ajenas al gobierno. Se suponía que debía fomentar la libertad, pero ha creado una cultura popular degradada, en la que los consumidores se vuelven esclavos de sus apetitos. Deneen cita a uno de sus estudiantes: “Ya que consideramos a la humanidad –y por lo tanto a sus instituciones– como corrupta y egoísta, la única persona en la que podemos confiar es en nosotros mismos. La única forma en que podemos evitar el fracaso, ser defraudados y finalmente sucumbir al mundo caótico que nos rodea, es, por lo tanto, tener los medios y la seguridad financiera para confiar únicamente en nosotros mismos”.

 

Así, quizá debamos recuperar el antiguo ideal del eleuteros, el hombre libre virtuoso, educado como miembro activo y responsable en sus comunidades naturales. Un individuo que siempre considera el bien común.