Sábado 20 DE Enero DE 2018
Opinión

A la lupa de un supuesto sentido común nuestro

¡Un Nuevo Año se nos encima!

— Armando de la Torre
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Repleto también, como los anteriores, de incógnitas, de presagios, ilusiones, sueños, amenazas tangibles, de dolores esperados e inesperados, y de momentos de felicidad que nos sobrevengan no menos al azar que todo lo demás.

El 2018, además, encierra por sí mismo un peso especial de memorias: hace exactamente cien años, en noviembre, terminó la Primera Guerra Mundial, aquel primer ensayo de suicidio colectivo de la Europa contemporánea y de su concomitante estreno de la barbarie a niveles industriales masivos. Cuarenta millones de vidas jóvenes segadas por la estupidez típicamente de masas, siempre sedientas de mil maneras diferentes de “pan y circo”. Para veinte años después repetir la misma locura a una escala esta vez atómica, por causa de totalitarismos hasta entonces inéditos que acabaron por marcar el siglo XX como único. Y al que atribuimos haber servido de marco a nombres que muy lamentablemente se nos han vuelto a todos demasiado familiares: Lenin, Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot, Castro…

Aunque también fue un siglo de maravillas tecnológicas: la radio, el cine, la televisión, la computadora, el automóvil, el avión, los cohetes espaciales, encima de los numerosísimos y simultáneos de las ciencias médicas, cuyo resultado cumulativo fue la duplicación de nuestra esperanza media de vida, y la disminución del sufrimiento clínico a escala mundial. Un mundo, por todo eso, muy diferente a todos los anteriores y que entrañó, entre ese diluvio de avances, hasta un paseo a pie por unos hombres nada menos que en la Luna.

También fueron ellos los años de la explosión demográfica mundial y del desarrollo consecuente de su antídoto: la píldora anticonceptiva.

De igual manera, el siglo de la primera Gran Depresión económica a escala global, sin precedentes, y del todo además inesperada (excepto para Ludwig von Mises) en los años treinta, y posteriormente de las hambrunas recurrentes en África.

Pero también los años compensadores de la Madre Teresa de Calcuta y de Juan Pablo II, de la erradicación universal de la poliomielitis, de la simultánea y casi total de la tuberculosis, y de la paralela liberación de la mujer: el siglo de Marie Curie, de Greta Garbo, de Gabriela Mistral, de Hannah Arendt, de Simone de Beauvoir, de Coco Chanel, de Golda Meír, de Margaret Thatcher, Amelita Earhart…

Incluido, en Guatemala, los tiempos de un monstruo: Manuel Estrada Cabrera, pero no menos el de muchos héroes del espíritu que le fueron sus antípodas y casi coetáneos: Miguel Ángel Asturias, Juan José Arévalo, Arturo Herbruger, Alberto Herrarte, Ernesto Cofiño, Rodolfo Robles, Carlos Mérida, Roberto González Goyri, Elisa Molina de Stahl, Mateo Flores y tantos otros hasta los hodiernos Luis Díaz, Geraldina Baca Spross y Luis von Ahn, para orgullo de todos los guatemaltecos.

Del entero ese siglo a la vez tan glorioso y espeluznante, de la Belle Époque al Holocausto, atesoro una lectura en particular, y que suelo recomendar a mis amigos y alumnos curiosos: “El mundo de ayer” (Die Welt von Gestern) de Stefan Zweig, que él supo identificar como aquel mundo muy humano del imperio de la razón y de la ley pero sólo hasta 1914. El resto, más bien, fue un pantano de pasiones de la envidia, del rencor y de la ignorancia del que, sin embargo, emergieran incólumes otras tantas flores melancólicas de ese mismo lodazal, como Teresa de Lisieux, Helen Keller, Mahatma Gandhi, Rabindranath Tagore, o Dietrich Bonhoeffer.

Seguramente nuestro siglo XXI desplegará de manera parecida sus luces y sus sombras. Y para el 2018 tenemos a las puertas no menos nuevos y fantásticos juegos de creatividad y de ingenio, aunque, muy humano también, de sombras como las que en estos precisos momentos proyecta una tiranía de locos desde Corea del Norte.

En Guatemala, en particular, continuamos por el undécimo año de una agresión totalitaria y cínica contra todo posible Estado de Derecho entre nosotros, a manos, y con la aprobación de unos pocos traidores en este mismo patio, de un esperpento moral llamado CICIG. Y lo reitero así porque si hubieren 99 corruptos en la cárcel por la CICIG y un solo inocente, todo el sistema está podrido. Pues la presunción de inocencia es un mandato constitucional y éticamente universal, todo lo contrario de esa otra presunción gratuita de la culpabilidad hasta que se demuestre la inocencia del denostado.

Es posible que este mismo año Guatemala recupere algo de su salud mental y expulse gloriosamente de su suelo ese engendro fabricado en el laboratorio maligno de Barack Obama y de sus empleados criollos que desde aquí le han hecho eco. Pues, reitero por enésima vez, el fin jamás, jamás justifica los medios para obtenerlo. Esto es, precisamente, lo mínimo que distingue a una persona decente de un corrupto.

Así Dios lo quiera.

(Continuará…)