Martes 17 DE Julio DE 2018
Opinión

Mentiras políticas

Las mentiras políticas maliciosas deben ser castigadas.

— MARIO FUENTES DESTARAC
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Durante el año 2018 se celebrarán elecciones presidenciales en seis países de América Latina: Brasil, Costa Rica, México, Colombia, Paraguay y Venezuela. En 2017, se realizaron elecciones presidenciales en Chile, Honduras y Ecuador. En 2019, se celebrarán comicios presidenciales en Uruguay, Guatemala, Panamá, Bolivia y El Salvador. En EE. UU. se llevarán a cabo elecciones legislativas a finales del presente año, que serán determinantes para lo que ocurra el resto del periodo de funciones del presidente Donald Trump.

La democracia republicana, además de la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo, y de un régimen plural de organizaciones políticas, requiere de una competencia electoral en condiciones de transparencia e igualdad de oportunidades, así como de un debate serio, responsable, leal y veraz.

Un debate serio supone un intercambio o confrontación de ideas sin burla ni engaño. Asimismo, un debate responsable demanda que los candidatos deben hacerse garantes de sus promesas y compromisos; un debate leal, a la vez, exige que los aspirantes actúen con apego a principios y valores; en tanto que el debate veraz requiere que los postulados se conduzcan con verdad y sinceridad.

La democracia institucional no admite que los candidatos a cargos de elección popular jueguen a las elecciones, diciendo mentiras y presentándose como lo que en realidad no son ni representan. En nuestro medio, es tradición que los aspirantes se vendan como meras celebridades, lo que impide que se posicionen como políticos profesionales que aspiran a gobernar un país con base en méritos, aspiraciones, proyectos y verdades. Ofrecen el oro y el moro, hasta lo inverosímil y lo absurdo, con tal de convencer al electorado de que voten por ellos.

Recuerdo a un expresidenciable que después de ganar la elección y ya estando en el desempeño del cargo, ante la pregunta en una entrevista televisiva sobre si cumpliría una determinada promesa electoral, contestó, con cinismo y desparpajo, que había mentido al electorado. Por supuesto, no extraña que su gestión también haya sido una grotesca farsa.

Tradicionalmente, el derecho a la propaganda (difusión de bondades del producto electoral) no ha tenido límites. De ahí que los demagogos y los populistas echen mano de la manipulación de masas para convencer a incautos.

La ausencia de competencia y debate eficaces ha dado lugar al clientelismo político, que es el intercambio de favores (privilegios, beneficios, protección, exenciones, dinero, subsidios, influencia y ventajas en general), por apoyo político y votos, que supone una distorsión mayúscula de la democracia republicana.

Erich Fromm dice que “ser fáciles de engañar es hoy más inadmisible que nunca, puesto que el predominio de la falsedad puede llevarnos a una catástrofe, porque cierra los ojos a los verdaderos peligros y a las posibilidades verdaderas”. Aceptar la realidad, dice Fromm, nos impone una nueva regla de oro ético realista: “No engañes a nadie, pero tampoco te dejes engañar”.

Por tanto, en esta época de posverdad o de la mentira emotiva, las mentiras políticas maliciosas deben ser castigadas con rigor, porque es esencial para la democracia institucional que, por un lado, la información oficial sea fidedigna y veraz; y, por otro lado, que las promesas electorales se asuman como verdaderos juramentos (ofrecimientos de cumplir con rectitud y fidelidad), cuya violación suponga la inhabilitación para ejercer cargos públicos.