Domingo 20 DE Mayo DE 2018
Opinión

La tragedia de la imbecilidad

En nuestro país, el miedo a la lucha contra la corrupción ha hecho más imbécil a una clase política que todavía goza de amplio poder.

— Jorge Mario Rodríguez Martínez
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Si el mundo estuviera regido por una racionalidad que tomase en cuenta la naturaleza sentiente y pensante del ser humano, viviríamos de una forma más justa y humana. El estado actual del mundo muestra, sin embargo, la intensificación general de la irracionalidad, en una de sus expresiones más preocupantes: la imbecilidad.

Por su naturaleza, la imbecilidad muestra su rostro más trágico durante períodos de crisis. Sabemos que tales épocas –incluso en nuestra vida personal– demandan de la reflexión crítica y honesta, de la búsqueda inteligente de soluciones. Se cae en la estupidez, por tanto, cuando se persiste en hábitos y formas de pensar que ignoran los cambios que exigen los nuevos escenarios. En estas situaciones, la confusión, la ignorancia y la falta de inteligencia, cuando no la simple pereza de pensar, hace que muchos retornen al racismo, al sexismo y a otras formas irracionales de discriminación.

¿Cómo se puede combatir la imbecilidad? Para erradicarla hay que reconocer su ubicuidad. El filósofo italiano Maurizio Ferraris considera a la estupidez como un fenómeno propio de la vida humana. Reconocer esto no significa que debamos resignarnos a vivir con base en decisiones estúpidas, especialmente cuando estas vienen de los centros de poder. En este contexto, se destaca la obligación de prestar atención a la imbecilidad en la política. De manera aguda, Ferraris destaca que los políticos estúpidos gozan, en cierta manera, del mismo tipo de ventaja que poseen las personas altas que juegan en la NBA. En efecto, la “política” institucionalizada suele ser un terreno fértil para personas mentirosas, rapaces, sin ideas y carentes de escrúpulos.

Lo dicho sugiere que la estupidez se vincula con actitudes moralmente reprochables. En su Elogio de la locura, Erasmo de Rotterdam observaba que la necedad se lleva bien con la ignorancia, la pereza, la soberbia y la adulación. La enseñanza erasmiana sugiere que se pueden eludir las consecuencias más trágicas de la imbecilidad si se busca la buena formación e información, si aceptamos regirnos por un sentido crítico de la propia valía, y, ante todo, si se habla con la verdad al poder.

Las sociedades contemporáneas deben reconocer que nuestra era incrementa la peligrosidad de la estupidez. El historiador de la economía Carlo M. Cipolla, en su esfuerzo por identificar las “leyes” de la estupidez, afirmaba que la imbecilidad es incluso más peligrosa que la perversidad, en virtud de que el perverso al menos trata de defender sus intereses, lo cual hace que sea más previsible y fácil de controlar. La estupidez, sin embargo, se hace presente de manera imprevisible, en los momentos y situaciones más inesperadas. Como lo reconocía Cipolla, es difícil responder a las acciones estúpidas puesto que estas carecen de una estructura racional.

En nuestro país, el miedo a la lucha contra la corrupción ha hecho más imbécil a una clase política que todavía goza de amplio poder. Por esta razón, la ciudadanía debe movilizarse contra las absurdas estrategias de sectores que, sabiéndose acorralados, pueden optar por las peores estupideces. Como tarea inmediata se impone la necesidad ciudadana de detener esta caída en el abismo, especialmente cuando se acercan períodos decisivos, como es el caso de la elección del nuevo Fiscal General. En estos contextos problemáticos, nuestra indiferencia sería un error profundo.