Lunes 26 DE Agosto DE 2019
Opinión

Certificar la anomalía democrática

Honduras es presa de los fantasmas ideológicos

Fecha de publicación: 21-12-17
Por: Edgar Gutiérrez

Washington se ha equivocado esta (otra) vez en Honduras y, antes, aunque no sea relevante, lo hicieron Colombia y Guatemala al reconocer a Juan Orlando Hernández como presidente reelecto. La Secretaría General de la OEA, en cambio, actuó esta vez con coherencia, atendiendo el objetivo –aunque tardío– informe de su Misión de Observación Electoral, que llegó a las mismas conclusiones que la Misión de la UE sobre las irregularidades que –lo digo con mis palabras– configuran un fraude. La misma vara que aplica Almagro en Venezuela la ha empleado en Honduras a fin de preservar la regla de oro de la
democracia: el respeto a las urnas.

Washington, Bogotá y Guatemala (se sumarán sin duda otras capitales) están certificando una anomalía democrática que se convertirá en boomerang. Se pierde la poca credibilidad en las instituciones, como el TSE de Juan Orlando Hernández, y se gana ingobernabilidad en las calles. Reiteradamente tendrá que acudir a medidas de fuerza (ilegítimas, por su fuente de poder) para sostener un régimen ya no democrático.

Esos errores, al cabo, pueden corregirse, como ha ocurrido en otros lados y en otras épocas, pero entre tanto es la población que sufre, la economía que se eriza, enconchándose. Y la fuente de inestabilidad se expandirá por doquier: sabemos dónde empieza, pero no imaginamos en qué puede terminar.

En la lógica de Washington la ideología ganó al principio del mandato en las urnas. Podrá decirse: si se tolera a Nicolás Maduro, ¿por qué no a Juan Orlando Hernández? Pero como el razonamiento encierra trampa, abrirá otras. La trampa de dominar a un gobierno débil, por ilegítimo y criminal. O la trampa que unta cera al tobogán de la ingobernabilidad.

Honduras fue el único país sin tradición democrática en Centroamérica que no sufrió guerra civil en la década de 1980. Pero en plena “primavera democrática” ya se tragó el sapo de un golpe de Estado en el 2009, porque el chavismo se quería perpetuar en el poder reformando la Constitución, la cual prohíbe rígidamente la reelección presidencial. Ese golpe –dado a contrapelo de Washington– fracturó como nunca en un siglo a la sociedad hondureña y, un semestre después, cuando en el gobierno de Porfirio Lobo se hizo el recuento de daños el territorio y muchas inversiones estaban saturadas de narcodólares (no digamos la política).

En diciembre de 2017 empieza la segunda resaca de los hondureños y las cosas pintan a peor. Nosotros arrancamos así en 1954, seguimos en 1963 y nos desbarrancamos en 1978, después del más flagrante fraude de 1974. En Honduras la sombra de Manuel Zelaya, el expresidente derrocado, liberal y ganadero, pero amigo del difunto Chávez, eclipsa cualquier cálculo político de Washington. Y eso es un error, como error estratégico es que la coalición política opositora que encabeza Salvador Nasralla esté “conociendo” Washington hasta ahora.

La diferencia radical entre Honduras y Guatemala es que en Guatemala los grupos ultraconservadores acusan de “terroristas”, “comunistas”, “chavistas”, “izquierdistas” a quienes promueven la implantación del Estado de derecho, con quienes Washington se ha venido relacionando desde hace 25 años. Comparten agendas. Eso, sin embargo, acá, por propia conveniencia, los ultras no lo entenderán y van a seguir tirando su dinero en onerosos despachos de cabildeo. Y justamente por eso, para que Honduras no sea un factor de contaminación en Centroamérica, Washington mismo tendrá que encontrar dentro de unos meses la manera de enderezar el entuerto al que ahora está contribuyendo.