Domingo 5 DE Abril DE 2020
Opinión

La crisis espiritual de nuestra época

Si queremos cambiar nuestro mundo, la espiritualidad debe ser cultivada por los ciudadanos que se proponen construir un mundo en el que quepamos todos como seres dignos.

Fecha de publicación: 14-12-17
Por: Jorge Mario Rodríguez Martínez

Afortunadamente, el tiempo de la Navidad sigue inspirando en muchas personas un profundo sentimiento de alegría a pesar de las distorsiones consumistas de la época. Parte de este espíritu se vincula con tradiciones que fortalecen la convivencia con el Otro. Esa alegría, que suele inundar los espíritus infantiles, se convierte con el paso del tiempo en una nostalgia que evoca a las personas que ya no están con nosotros.

En su sentido profundo, pues, la Navidad es una época de reflexión espiritual. Este significado, sin embargo, se ve eclipsado por la superficialidad de la vida contemporánea. La espiritualidad supone viajar al centro de uno mismo, a esa zona profunda en donde se plantean las preguntas fundamentales de nuestra existencia y en donde se re-conocen los vínculos que nos conectan al prójimo y a un universo que siempre es un misterio.

Los valores echan sus raíces profundas en la zona espiritual del ser humano. Cuando nos abrimos al Otro, a su sufrimiento, se ansía la solidaridad, se busca la justicia, se exige el respeto de su dignidad. El encuentro con el Otro, como lo hizo ver el filósofo francés Emmanuel Lévinas, supone reconocer nuestra original obligación hacia la viuda, el huérfano, el pobre…

En consecuencia, la genuina espiritualidad supone una posición crítica respecto a una cultura global que promueve el individualismo egoísta, a menudo expresado en la dictadura del dinero. Los valores pierden su razón de ser cuando se olvidan la profundidad del sentir humano. En ese sentido, José Ortega y Gasset afirmaba que el dinero emerge como valor cuando otros valores entran en crisis.

Reconocer que la verdadera espiritualidad no es compatible con la ambición egoísta brinda criterios para abandonar ciertas manifestaciones religiosas dogmáticas y superficiales. Por esta razón, Dios no puede concebirse como un socio en la prosperidad material o como un Ser que valida el odio hacia el inmigrante.

Por estas razones, la verdadera espiritualidad no debe significar aceptar de manera irracional el dogma. El deseo de trascendencia, del misterio de la existencia, no puede encuadrarse dentro de una serie de creencias que a menudo son de factura humana. La verdadera espiritualidad supera el dogma, como lo dejara ver hace siglos el mismo san Francisco de Asís, quien, impulsado por una espiritualidad cósmica, incluso se acercó a dialogar con los seguidores de Mahoma.

La aceptación intolerante del dogma hace que existan creyentes que no tienen una verdadera espiritualidad. Muchas veces la aceptación del dogma corre pareja con la crueldad. Esto permite comprender porqué las religiones organizadas, institucionalizadas, pueden coexistir con una injusticia terrible, cuando no ayudan a provocarla.

De lo dicho se sigue que la espiritualidad genuina es una fuerza política notable. No hay liberación política si no existe transformación espiritual. En este sentido, Raimon Panikkar hablaba de que la política supone una respuesta a la pregunta por el sentido de la vida.

Si nuestra política se basa en la creencia de que el ser humano es un ser aislado que solo debe servir a sus propios intereses, pues tendremos la situación que ahora nos angustia. Si queremos cambiar nuestro mundo, la espiritualidad debe ser cultivada por los ciudadanos que se proponen construir un mundo en el que quepamos todos como seres dignos.