Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Epítome de Don Quijote, por un Ingenioso Hidalgo

“Tu Valor, Señor Don Quijote, dánoslo hoy y en la hora de nuestra muerte, amén”. (Mario Monteforte, Nuestro Señor Don Quijote).

— Edgar Balsells
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Recibir como regalo un libro de manos de su propio autor, quien se ha leído más de doce veces Don Quijote de la Mancha sí que es parte de esas satisfacciones que le permiten a uno disfrutar de las palabras y las cosas que, como lo dijo el autor de la Arqueología del saber, le van dando un tirón a los entuertos civilizatorios de este mundo, en donde pienso que el humor y la preocupación por las injusticias mundanas puede darle un buen sentido a la existencia; y mejor si uno va transformando la imaginación de quien en su tiempo tenía como ejemplo de bravía al virtuoso caballero Amadís de Gaula, y lo invocaba a la hora de las mayores desgracias y apaleadas, hasta terminar desfalleciente, casi con brazos y piernas tocando el suelo, sobre el lomo del jumento. Y es que, como lo dijo en bella columna de prensa el gran Monteforte: De qué tamaño sería su cuerpo, su vida para aguantar tanta muerte.

Nuestra patria es uno de los países más atrasados del orbe, nos dice Paco Hernández Bran en su epítome, diseñado e impreso por Serviprensa. Y es que siendo un pueblo ignorante somos susceptibles a creer en forma fanática cualquier invento que se le ocurre a la gente lista, y es por ello que vivimos con perennes temores. Somos ricos en la neblina, y nos nublan aún más las abundantes teologías de templos de Garaje, que no dejan tiempo ni espacio para lecturas fascinantes, y ese es precisamente el propósito del epítome: motivarnos!

Como bien lo decía Paulo Freire, ante el imperio de la acción antidialógica producto de la manipuladora y siniestra mente de nuestros dominadores, apelar a la crítica es vital, pero digo yo que también a la estética de nuestras herencias culturales –impidiendo la invasión camuflada de la literatura chatarra del éxito–, como ejercicio para nuestra liberación, y quizás por ello aquel adolescente precoz del lumpemproletariado, y hoy buen abogado y sabedor de las finanzas, junto a su hija Gloria –literata chapina de pura cepa y compañera escribiente de elPeriódico– tienen a Don Quijote como libro de cabecera, y yo que agradezco a mis padres esa herencia que guardo con ternura, de dos preciosos tomos de edición antigua, con ilustraciones de Gustavo Dore.

Nos dice Paco que Don Quijote es para los historiadores políticos como el primer Ombudsman, y es que cuando deambula con su entrañable seguidor Sancho, se topa con políticos que muy rápido nos recuerdan los muladares que hacen recinto de poderes fácticos y formales por estos trópicos irredentos: “porque tan a pique está de rebuznar un alcalde como un regidor”, afirma el de la triste figura en uno de sus tantos pasajes de caballería, intentando combatir, hasta con lanza en mano, el maltrato a los humildes por gente alzada, y batallar contra las estupideces y patanerías de los rufianes: “pero vaya cuando la cólera sale de madre, no tiene la lengua el padre, ayo ni freno que la corrija”.

En sus consejos al por fin Gobernador de la ínsula de Barataria el caballero andante muy bien le advierte que hay dos maneras de hermosura: una del alma y otra del cuerpo. La primera campea y se muestra en el entendimiento de la honestidad, en el buen proceder, en la liberalidad y en la buena crianza. Todo ello se transfigura en la mente del buen Paco y desfilan los Baldizones y las Baldettis como antítesis de la limpieza del alma.

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