Sábado 20 DE Abril DE 2019
Opinión

Fuga de cerebros

La fuga de cerebros es un síntoma de decadencia.

— MARIO FUENTES DESTARAC

Hace unos días, coincidimos con un importante promotor y desarrollador de negocios en el área centroamericana en que uno de los problemas más graves que enfrenta Guatemala es la imparable “fuga de cerebros”, es decir la emigración al extranjero de científicos, académicos, profesionales, técnicos, literatos, artistas y, en general, del recurso humano mejor calificado, en detrimento, por supuesto, de nuestro proyecto de prosperidad y paz.

La pérdida de capital humano estratégico se debe, entre otras causas, a las siguientes: 1) Falta de oportunidades de desarrollo personal y profesional; 2) Ausencia de inversión en investigación y desarrollo tecnológico; 3) Creciente inseguridad y riesgo personal; 4) Inestabilidad política, social y económica; 5) Aumento alarmante del índice de desempleo y subempleo de graduados universitarios que egresan anualmente; 6) Mejores opciones de retribución económica en el extranjero; y 7) Visualización de un futuro incierto, insatisfactorio y negativo.

La “fuga de cerebros” es uno de los principales síntomas de la decadencia social, o sea del agotamiento, desgaste o fracaso de una sociedad. En todo caso, una sociedad que pierde su mejor recurso humano, además de estancarse, compromete su porvenir de desarrollo y bienestar.

Lo común en una sociedad rica en oportunidades de superación y desarrollo personal, es que la gente talentosa vaya al extranjero a enriquecer sus conocimientos y a perfeccionar sus destrezas y habilidades, y que después retorne a su país a dar de sí, a triunfar en la vida e irradiar ese éxito a la comunidad a la que pertenece. Luego, la regla es que los talentos regresen al lugar de origen después de concluir los respectivos procesos de capacitación o especialización, y la excepción es que se queden en el extranjero. Esto precisamente ocurrió con mi generación. Por el contrario, una sociedad decadente, fracasada, no ofrece esperanza alguna y, por ende, alienta a sus talentos a emigrar y radicarse en el extranjero.

Sin duda, el estado de ánimo del estudiantado universitario es un signo claro de la frustración que los embarga. Según sondeos recientes, una inmensa mayoría de estudiantes universitarios está inconforme con la realidad que les ha tocado vivir, caracterizada por la violencia, la inmoralidad, la criminalización indiscriminada, la ingobernabilidad y la mediocridad. De hecho, muchos opinan que si tuvieran la oportunidad de emigrar al extranjero lo harían y no pocos se lo están proponiendo a toda costa.

Para colmo de males, el resurgimiento del extremismo ideológico y político está generando incertidumbre y temor entre los jóvenes. La derecha y la izquierda sectarias, ambas con vocación populista, estatista y despótica, están al acecho del poder público. En todo caso, la experiencia venezolana de odio y ruina aterra a las élites de jóvenes ansiosas por desarrollarse y proyectarse.

Los jóvenes con anhelos, que se esfuerzan y luchan, no quieren más confrontación y empobrecimiento. Simplemente no están dispuestos a someterse a un régimen arbitrario y abusivo, que los oprima, los engañe, los expolie y los esclavice. Por tanto, ante la permanencia en un ambiente enrarecido, prefieren emigrar hacia ámbitos en donde prive la cordura, el respeto, la tolerancia, la seguridad, la tranquilidad, la autonomía personal y la responsabilidad de la propia vida.

En suma, nuestro principal desafío como sociedad es devolver la esperanza a nuestra juventud. Un reto descomunal, aunque de vida o muerte.

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