Domingo 10 DE Diciembre DE 2017
Opinión

El efecto post-Otto

El malestar que provoca admitir la deslealtad, el engaño, porque fuimos burlados.

— Méndez Vides
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La lucha contra los males nacionales requiere de varios frentes, porque a pesar de las intersecciones, no es lo mismo perseguir la corrupción que la delincuencia o la práctica de la impunidad, mientras se cuida de la moral social y siembra confianza en el liderazgo, porque los modelos a seguir son necesarios por los niños y jóvenes, para garantizar su futuro.

El descubrimiento y revelaciones de los actos de corrupción de Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti entusiasmaron a toda una generación, unió a guatemaltecos que generalmente vivimos divididos, pero con el paso del tiempo está llegando su efecto residual: el malestar que provoca admitir la deslealtad, el engaño, porque fuimos burlados. Al ver hacia atrás se sospecha de todo, porque perdimos el respeto al Gobierno, a la Iglesia, al Ejército, al Magisterio, a los Médicos, al Matrimonio, porque hechos particulares se generalizaron, y la moral se nos estrelló.

La realidad hace propicia la vida para los pandilleros, mareros o narcos disciplinados, porque allí sí hay mando, se vive del pueblo manso, y la falta de lealtad se cura con la muerte. Los guatemaltecos ya no creemos en nada ni en nadie, gracias a Otto y su caída, se precipitó la sospecha y adquirió el poder de la venganza social. Pero entramos de lleno en la anarquía, ese ir todos contra todos, oponerse a toda autoridad, aprovecharse de los demás, porque así hacen los triunfadores (?); o someterse, y ser ganado conducido a pastar, guardando silencio, sin irritar a los nuevos poderes.

Una pandilla gobierna en el barrio, y todo lo que se mueve es bajo su supervisión y aprobación. Los niños en las escuelas tienen que aceptar un “protector” para evitar el bullying y desobedecer a la maestra, pero a cambio de ser un protegido, deberá realizar actos reñidos con la ley.

La carrera contra la corrupción no ha ido de la mano con la lucha contra la delincuencia, nueva institución que se fortalece. Se nos eliminó hasta la posibilidad de la pena de muerte para la dicha de los delincuentes y activistas de sociedades superadas, donde los ciudadanos cumplen y confían en sus autoridades. Pero aquí sale un delincuente de la cárcel y no aguanta trabajar en la calle para comer, pagar luz, tener obligaciones, y prefiere cometer rápido otro delito para regresar al sitio seguro, donde la vida se pasa más ligera y sus gastos los pagamos todos. Las prisiones son una tortura únicamente para quienes no se la merecen, por un descuido o ausencia de poder.