Sábado 18 DE Noviembre DE 2017
Opinión

Don Diego Subuyuj (San Juan Sacatepéquez, 13/11/1917-11/11/2017)

Don Diego comenzó trabajando muy joven como albañil y con los años fue ganando conocimiento y dado su talento natural se convirtió en maestro de obras.

— Eduardo Antonio Velásquez Carrera
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De nuevo, este amargo sabor a luto que no quiere dejarnos en paz este año. La semana pasada recibimos la invitación para estar presentes el domingo 12 de noviembre en la celebración que su familia le haría a don Diego por cumplir cien años. Un domingo anterior, fue fotografiado con su bisnieto enfrente del frontispicio de una hermosa iglesia católica en San Juan Sacatepéquez, su pueblo caqchikel y tierra natal. Siempre erguido, portando su sempiterno sombrero, ahora empuñaba un bastón, flanqueado por su bisnieto disfrazado de Batman. Don Diego comenzó trabajando muy joven como albañil y con los años fue ganando conocimiento y dado su talento natural se convirtió en maestro de obras. Recuerdo a mi padre, Juan Guillermo, contándome cómo se había hecho la Casona de las Casuarinas. Los albañiles junto a don Diego salían a las tres de la mañana, de San Juan Sacatepéquez, caminando por los extravíos o caminos indígenas construidos previos a los caminos coloniales, hasta las cercanías de Las Majadas, en donde estaba la casa en construcción. Ni modo, decía mi viejo, los indígenas conocían su país. Trabajaban desde las seis de la mañana para concluir labores en torno de las cuatro de la tarde, cuando de nuevo emprendían camino hacia el viejo pueblo de indios, encomendado a Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán. Al mediodía, sin descanso, la tradicional chamusca futbolera. Y así cada día. Conforme las obras de construcción de la Casona se demoraban, mi viejo le dijo a don Diego que construyeran dos cuartos en la obra, uno para dormir y otro para el poyo, que les serviría, no solo para hacer sus alimentos sino para calentarse durante la noche y de esa forma evitar el desgaste de caminar de venida e ida desde y hacia San Juan. A esos cuartos, mi nana, otra indígena maravillosa, quiché, Angelita Cojulum Coyoy, las denominó “las cocinitas”. La casa fue terminada en noviembre de 1961 y desde entonces pasamos a habitarla. Mis padres, fueron padrinos de Olga Marina, la tercera cría de don Diego y de su esposa, hermanándose desde entonces. Por ello, desde niño visité San Juan Sacatepéquez, no solo a visitar a la Casona de los compadres de mis viejos, sino a pasear y pasar largas temporadas en la casa de mis bisabuelos José Luis Samayoa Zenteno y de doña Sofía Mansilla de Samayoa y de mis tíos el doctor Ernesto Cofiño Ubico y Clemencia Samayoa de Cofiño, fundadores del Hospital de niños tuberculosos en ese pueblo. Con los años visitamos el gran terreno de don Diego llamado Cruz Verde, en donde él y sus hijos (Agustín, Tono, Neto, Maco y Olivia) había hecho un turicentro campestre, lleno de pinos y de cipreses. Junto a mi madre, Angelita, Patricia y quien esto escribe estuvimos para los cincuenta años de su matrimonio y hace apenas cuatro, cuando cumplió noventa y seis años; bailamos el tradicional son, los hombres con los hombres y las mujeres con las mujeres. Anteayer, ya no hubo fiesta, sino fue el velorio de don Diego. Su pueblo llegó a despedirlo, haciéndole en su propia casa las coronas y arreglos florales, y las imprescindibles mujeres sanjuaneras y sanjuaneritas, flores y mujeres, desde temprana hora, haciendo las viandas para que coman todos los dolientes. Pudimos ver las enormes tinajas y las ollas en donde se cocina un pulique y los pollos ya estaban deshilados. Las tortillas en el comal y las salidas del mismo eran para un batallón. Gracias, don Diego por todo, especialmente por el ejemplo a su familia, a su pueblo y a su comunidad. De sus nietos, uno arquitecto y el otro ingeniero. Y una hornada pendiente que espera salir del poyo.