Sábado 18 DE Noviembre DE 2017
Opinión

A golpe dado, no hay quite

¡Será imposible borrar la esperanza de una mejor Guatemala en el imaginario del guatemalteco!

 

— estuardo porras zadik
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La afamada Revolución de 1944 trajo consigo la denominada Primavera Guatemalteca, que en 1954 fue soterrada por el movimiento “libertador” del general Carlos Castillo Armas. No pretendo rendir opinión alguna acerca de mi postura sobre los movimientos revolucionarios, sino quiero suscribirme a la historia que se escribe a partir del derrocamiento del presidente Jacobo Árbenz. Esto por la sencilla razón que, independiente del resultado de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) en la coyuntura nacional, la era post-CICIG determinará el futuro de las nuevas generaciones, así como lo hizo la Liberación del 54.

Cuarenta años de conflicto armado interno, fueron el resultado de haber vivido una corta primavera de diez. Esta primavera, concebida en su oportunidad como un movimiento que ponía en riesgo la seguridad nacional de Estados Unidos, –por la supuesta injerencia comunista, y adoptada por la poderosa minoría conservadora guatemalteca como tal­–, logra plasmar en el imaginario nacional la posibilidad y la esperanza de una Guatemala diferente. Solo la posibilidad y la esperanza en una Guatemala diferente, fueron suficientes para empoderar a líderes de la oposición, post-1954, para enfrentarse al sistema y promover un levantamiento civil que duró hasta la Firma de la Paz en el año 1996. Cuarenta y dos años en los que hemos fracasado como sociedad en validar como parte de nuestra historia. Esta es una historia en la que todos los guatemaltecos perdimos. El movimiento libertador de Castillo Armas logró cambiar la agenda progresista, por una en sintonía con la agenda anticomunista de Estados Unidos. Sin embargo, su aparente éxito no tuvo en consideración el germen de la esperanza y la posibilidad, depositado en la mayoría de guatemaltecos durante los años de Arévalo y Árbenz. Así, se fracasó en unir a estas dos Guatemalas que convivían en el mismo espacio, pero que poco tenían en común.

Hoy, Guatemala corre el riesgo de volver a ignorar el poder de la posibilidad y de la esperanza en una Guatemala diferente, que continúa depositado en el imaginario de los guatemaltecos. El 2015 da vida a una lucha frontal y protagónica por parte de la sociedad civil, en contra de la corrupción y la impunidad. En un evento inédito en el que una Guatemala unida es capaz de derrocar al binomio presidencial del Partido Patriota, se pone en marcha la recuperación de un Estado cooptado por poderes fácticos y paralelos, durante la era democrática. Sin ideología, prejuicios, banderas partidarias o agendas ocultas, los guatemaltecos salimos a las calles a exigir justicia. El movimiento prosperó, hasta el momento en que para algunos la lucha atentaba en contra de sus intereses… Entonces, volvieron la división, la polarización y el desfile de posturas ideológicas del pasado, que ahora ponen en riesgo los avances alcanzados.

Al igual que con la Liberación de 1954, con la que una minoría puso fin al movimiento revolucionario del 44, existe la posibilidad de que la CICIG y por ende el comisionado Iván Velásquez no continúen con su labor en Guatemala. Independientemente del resultado de este pulso, exhorto a tener en consideración que –al igual que con el fin de la Primavera, en la que la Liberación fue incapaz de borrar del imaginario guatemalteco otras realidades–, será imposible borrar la posibilidad y la esperanza de una Guatemala distinta, en aquellos que hoy luchan en contra de la corrupción y la impunidad. Una Guatemala diferente llegará, independientemente de cuál sea el camino. De nosotros depende si desperdiciamos otros cuarenta años viviendo en confrontación, o si aprendemos de nuestro errores y escribimos una nueva historia.